E aquí DAFO. Un proyecto pequeño, en una ciudad pequeña, con ideas gigantes y una visión tan espaciosa como su logo sugiere. Aquí teniu DAFO. Un projecte petit, en una ciutat petita, amb grans idees i una visió tan espaiosa com suggereix el seu logo. Si un día pasas por Lleida, o te tropiezas y te despiertas en ella, o resulta que ya tienes la mala, buena o rara fortuna de estar en ella, no se te puede escapar esta puerta cristalera. Si un dia passes per Lleida, o entrepusses i t'hi despertes, o resulta que ja tens la mala, bona o rara fortuna de trobart-hi, no se't pot escapar aquesta porta cristallera. Hay pozos frescos en los páramos más áridos. Hi ha pous frescos als erms més àrids. Preguntad por Jordi Antas. Pregunteu per Jordi Antas. Probable futuro premio Novel al empeño. Probable futur premi Novel a la obstinació. info@dafoprojectes.com http://www.dafoprojectes.com/ http://www.facebook.com/DafoProjectes https://twitter.com/#!/DAFOProjectes |
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jueves, 14 de junio de 2012
miércoles, 7 de marzo de 2012
AVISO
Muy pronto, se publicará la cuarta parte de "Los amigos de Frankenstein", la continuación del supuesto diario de Percy Shelley, que escribiera la misma noche que su esposa creó a Frankenstein.
jueves, 6 de octubre de 2011
1000
Este escrito viene a celebrar las 1000 visitas a este modesto blog, que nació casi como un experimento, aislado del mundo y lanzado a la red sin amigos ni complicidades. Nadie ha conocido de su existencia, pues su autor, el que suscribe, no ha hablado de ello ni con sus más allegados. Las mil visitas son pues, las visitas de buscadores errantes que han topado en su vagabundeo con alguno de sus artículos. Se trataba de ver si desde el anonimato y la discreción, era posible hacerse un hueco en este espacio extraño que es internet. Se entiende que estas 1000 visitas, ocurridas en el plazo de aproximadamente 10 meses, son más que nada tropiezos de navegantes, que rápidamente han pasado a otra cosa (solo hay que ver la gran cantidad de visitas que tiene la crítica cinematográfica de la película "Fóllame", con la que se habrán topado, asquedos, numerosos sexo-navegantes). Pero habrá un porcentaje (pequeño) de curiosos a los que el blog habrá servido de algo, y con eso, uno ya puede sentirse satisfecho. 1000 visitas en 10 meses no son muchas, pero indican al menos que desde la nada, puede construirse alguna cosa, que ahí, en el intangible y gigantesco páramo en el que habitan los ciberaventureros, nadie está solo del todo, aunque se lo proponga.
Salut a tots i gràcies per parar-vos en aquest port, per breu que sigui l'estada.
Permezzo
Salut a tots i gràcies per parar-vos en aquest port, per breu que sigui l'estada.
Permezzo
viernes, 18 de marzo de 2011
Los amigos de Frankenstein (Tercera parte)
El relato de Percy Shelley es en realidad un escrito bastante caótico que, sin lugar a dudas, no estaba destinado a ser publicado. No tiene calidad literaria, más allá de la natural capacidad que Shelley tenía para relatar, pues se trata solo de apuntes precipitados que su autor escribió como génesis para un relato posterior. Existen contradicciones y no hay una estructura narrativa convencional. No es otra cosa que una suma de ideas escritas en el orden en que se encendían en la mente de Shelley. Sin embargo, leído al completo, la historia queda clara, y solo hace falta un sencillo trabajo de reordenación para que ésta pueda considerarse narrativamente efectiva. Esto es lo que yo he hecho, ordenar la historia. He eliminado también algunos pasajes. He hecho esto únicamente cuando quedaba claro que a la par que escribía, Shelley incorporaba ideas que se contradecían con ideas anteriores, y solo cuando quedaba claro cual era la idea que él tenía previsto que debía prevalecer. Ha sido pues la mía una tarea de depuración, de eliminación de aquello que el propia autor desechaba, aun sin eliminarlo del texto, pues es evidente que sería modificado en una posterior redacción literaria. Entre una cosa y otra, mi objetivo ha sido pulir la historia para que sea coherente de acuerdo con lo que, parece claro, pretendía contar Shelley.
É aquí el cuento que Percy Shelley escribió como contribución a su apuesta. Dejadme solo advertir, como preámbulo, que parte de una premisa similar a la que utilizó Mary Shelley para escribir Frankenstein, devolver la vida a un ser muerto, pues parece confirmado que ese era el tema que el grupo discutía cuando se propusieron escribir sus narraciones. El cuento de Percy, como se verá, aunque terrorífico, tiene, potencialmente, una intención más poética y dramática que el de su esposa Mary. No debe olvidarse que Shelley era poeta. Su cuento, aunque exento de calidad literaria en la fase de redacción en la que lo abandonó, resulta sin embargo impactante, pues, aun tratándose solo de un esquema, la fuerza dramática que evoca, es gigantesca. Ah, se me olvidaba, el título provisional que Shelley escogió para su relato, escrito en su diario, por cierto en la última página, es “Carne muerta”. Así dice:
“Debemos aterrarnos, y conmovernos al mismo tiempo ante la historia del doctor Marcus Percy Fortune, afamado científico caído en desgracia durante los meses de verano del año 1816. Su historia me fue relatada por los lugareños de esta parte de Suiza en la que me encuentro y no he sido capaz de librarme de ella todavía. Dios será quien juzgue los actos de este hombre enloquecido por el amor y por la ciencia que puso sin ningún comedimiento la segunda al servicio del primero, desafiando con ello al creador. Lo que voy a relatar ocurrió en primavera, en la ciudad de … , ribereña del lago Constanza, al este del país. Marcus Fortune tenía allí una vieja casa familiar, situada junto a las aguas calmadas del Constanza y rodeada por un bosque espeso y húmedo, alejada tres quilómetros del centro de la ciudad. Fortune estaba casado con una mujer alemana de belleza perturbadora, una belleza redoblada con su exquisitez y la delicadeza de su temperamento y de su gracia. De su feliz unión nació un muchacho avispado y dulce, a quien llamaron Thomas, tierno como pocos y agraciado naturalmente con la belleza y la exquisitez de su madre.
Fortune era un científico que, aunque joven, gozaba de un gran prestigio entre los de su gremio. Era un destacado investigador de la naturaleza del organismo, de sus partes y de su mecánica práctica. Aunque se doctoró en medicina, su interés se desvió hacia la ciencia forense con el objetivo de averiguar cuanto le fuera posible sobre el funcionamiento del cuerpo y el misterio de la vida. En los últimos meses le fascinaba ya abiertamente una idea que hasta entonces solo había estado presente en su tarea de un modo subyacente. Ocurrió cuando analizando un cadáver, éste, ante sus ojos volvió repentinamente a la vida. El caso tuvo una notable repercusión en la ciudad y dio lugar a numerosas habladurías, aunque el propio Fortune dictaminó que aquel “cadáver” en realidad no era tal, sino que se trataba de un hombre aquejado de una extraña enfermedad que ralentizaba las constantes vitales de su cuerpo y facilitaba la confusión entre la vida y la muerte. A partir de aquel episodio, Fortune desató su interés por la fina línea entre aquello que poseía vida en su interior, y aquello que estaba vacío de ella. Su investigaciones se centraron en tratar de observar aquello que causaba el fin de la vida, que la apagaba, con el objetivo final de descubrir si existía un modo de encenderla otra vez.
Fotune elaboró una teoría según la cual, si un cuerpo muerto era debidamente conservado y se resolvía aquello que le causara la muerte, no había razón para que no pudiera volver a ser activado. La cuestión era averiguar cual era el interruptor para hacer efectiva esa operación. Fortune comenzó a hablar de sus teorías con otros colegas, pero, para su sorpresa, estos las recibieron con pavor, y al poco el joven investigador fue quedando aislado, lo que cambió su carácter y le volvió más huraño. Fortune estaba resentido, pues no podía comprender cual era la razón por la que se recibían con tanto recelo sus ideas, que al fin y al cabo, solo pretendían devolver la vida.
Fortune partía de la base de que el cuerpo se alimentaba a través de la sangre, y lo que enriquecía a ésta era el alimento y el oxígeno. Para “reactivar” un cuerpo muerto y reparado, lo que debía hacer en primer lugar era procurarle alimento y oxigeno, y luego encontrar el modo de que la sangre enriquecida circulara a través de él. Para eso, era necesario que el corazón volviera a bombear sangre. Ahí estaba el verdadero enigma: encontrar una fuente de ignición. A partir de algunos ensayos con corazones de animales, observo que el tejido coronario reaccionaba a algunas sustancias químicas. Con esa base, elaboró un cóctel químico que, a la vez que activaba los tejidos, los protegía de agresiones. En este punto de su investigación estaba en verano de 1816.
El joven científico se llevó a su casa de verano sus investigaciones. En los sótanos tenía mucho espacio para continuar sus experimentos. No salía apenas de la casa, solo durante unas horas por la tarde para estar con su esposa y su hijo, su otra gran pasión. Jugaban en el jardín, junto al lago, y a veces salían a navegar con un pequeño velero. Paralelamente, Fortune estaba ultimando un prototipo de máquina para devolver la vida. Ésta tenía principalmente tres dispositivos: un mecanismo aéreo que proporcionaba oxígeno a los pulmones; un mecanismo alimentario preparado para introducir suero en la sangre; y un último mecanismo que inyectaba su cóctel milagroso directamente al corazón. En la máquina realizó sus primeros ensayos con cerdos, aunque no tuvo éxito, pero estuvo muy cerca de tenerlo. El cóctel químico debía ajustarse, pues resultaba demasiado dañino para la carne humana, llegaba a quemarla. Tuvo que suavizar la fórmula. Tampoco era efectivo el sistema de aplicación del cóctel. Una aplicación continuada del mismo no permitía la relajación del corazón, y por tanto a éste le era imposible bombear sangre. Modificó la máquina para que el suministro químico fuera periódico, a un ritmo parecido al de el latido de un corazón. Eso debía permitir la contracción y la relajación durante unos minutos. A partir de ahí, el propio corazón debía funcionar ya solo y encender todo el cuerpo. Fortune sentía que estaba muy cerca del milagro.
El de 1816 fue un verano ventoso, de lluvias caprichosas e imprevisibles. Una tarde, la mujer de Fortune y su hijo le esperaban para salir a navegar. El pequeño Thomas estaba ansioso por hacerse a la mar con su pequeño velero, pues le había sido imposible durante toda una semana. El día se había aclarado, aunque se apreciaban todavía grandes nubarrones negros por encima de los bosques del norte. Ese día Marcus Fortune no podía atender a nada, pues realizaba ensayos decisivos con su máquina milagrosa. Oyó desde el sótano los gritos de su hijo y de su esposa para que subiera, pero no los atendió. Ellos, conocedores de su tarea, estaban acostumbrados a aquella obsesión. “Nos vamos a navegar” gritaron, a lo que Marcus Fortune respondió sin mayor atención: “De acuerdo”. La tarde fue de gran intensidad para Fortune. Por dos veces logró que el corazón de un cerdo volviera a latir. La primera vez duró dos minutos. La segunda catorce, y la mitad de ellos, lo hizo autónomamente. Tenía algunos problemas para enriquecer la sangre, motivo por el cual, el cerebro y el resto de órganos vitales no recibían las cantidades adecuadas de oxigeno y de alimento. Eso terminaba por parar otra vez el corazón. Sus cálculos estaban muy cerca de perfeccionarse. Necesitaba solo un poco más de ignición para que el global del cuerpo se pusiera en marcha, pues no bastaba con el bombeo, hacía falta luego accionar la mecánica general del cuerpo, es decir, que este activara todos sus órganos, como una orquesta que arropa a su solista. Creía haber encontrado el modo de hacerlo inyectando unas gotas del cóctel químico al propio cerebro, aunque no sabía todavía la dosis adecuada. En eso estaba cuando se dio cuenta de que no solo de su ansiedad procedían los latigazos que escuchaba en su interior. También venían de afuera. Efectivamente, se había desatado una tormenta y los rayos y los truenos descargaban de un modo ensordecedor. Fortune recordó entonces que su esposa y su hijo habían anunciado que salían a navegar.
Cuando Fortune salió desesperado al jardín, vio en el lago el velero. En él su esposa y su hijo luchaban por mantener la estabilidad del barquito, pero poco podían hacer, de poco servía su belleza ante la fuerza de los elementos. Una olas repentinamente salvajes terminaron por derrotarles y dieron un vuelco cruel al barquito, que parecía de juguete. Fortune se lanzó al agua enloquecido, buscando en la negrura helada a sus seres más amados. Primero encontró a su hijo Thomas. Apenas respiraba, pero mantenía un aliento de vida. Corrió al lago otra vez y sacó a su esposa. Los llevó a ambos a la casa. Ante sus ojos desquiciados, vio como a ambos se les escapaba la vida, vio como sus cuerpos se apagaban. Y quedaron inertes sobre sus camas, convertidos solamente en carne muerta. Marcus estuvo cerca de enloquecer, pero en un resquicio de luz, se dio cuenta que tenía un remedio a la tragedia, puede que fuera el único del mundo que lo tenía. No había tiempo que perder. Solo habían transcurrido unos minutos desde que fallecieran, y su cerebro quedaría irremediablemente dañado si no se le alimentaba inmediatamente. Situó a ambos en su mesa de operaciones, en el sótano, y les inyectó alimento directamente al cerebro. Había averiguado que era el mejor modo de conservar el cuerpo en buen estado. Eso le daba tiempo. Preparó la máquina. Insertó los catéteres en sus cuerpos, y ultimó los preparativos de las dosis de cóctel que tenía que aplicar a cada uno. No quería cometer errores. Probaría también por primera vez la inyección del cóctel directamente al cerebro. Tenía miedo, pero no había alternativa. Puso en marcha la máquina, abrió las espitas que precipitaron los líquidos a ambos cuerpos. Unos tubos entraban por sus brazos, otro entraba en sus corazones, otro penetraba por sus bocas hasta sus estómagos, y dos tubos más penetraban en sus cerebros. Se requería un gran orden y precisión en la secuencia de operaciones. Marcus no daba a abasto. Le daba a un botón y accionaba luego una palanca. Corría para corregir una válvula y rodeaba los cuerpos para cerrar una espita en los drenajes laterales. El experimento duró siete horas.
Los relámpagos despiertan a Marcus Fortune quien, agotado, se ha dormido grotescamente sobre su máquina milagrosa. Cuando despierta no sabe dónde está, ni qué ha ocurrido.
miércoles, 2 de marzo de 2011
Los amigos de Frankenstein (Segunda parte)
El librero suizo se llamaba Hans. En su carta, un poco caótica, relataba que había puesto el supuesto libro de Percy Shelley en manos de expertos de la Universidad de Ginebra, con el fin de que hubiera un reconocimiento oficial del hallazgo que le permitiera darle publicidad. La cosa no fue tan fácil. En el departamento de literatura del la Universidad le informaron que hacía falta llevar a cabo una investigación muy rigurosa, lo que llevaría unos cuantos meses de trabajo, puede que años. Hans no tuvo más remedio que aceptar.
La investigación duró seis meses, menos de lo esperado. Pero esa brevedad no iba a traer buenas noticias para el viejo librero. Fue convocado a Ginebra y se le explicó que el libro no tenía valor alguno, que numerosos detalles confirmaban que no había sido de ninguna manera escrito por Percy Shelley. La base de la afirmación radicaba en que el viaje de Shelley por Suiza y Francia en 1816 estaba ampliamente documentado, y dicha información no encajaba en fechas y lugares con el itinerario que establecía el diario encontrado. Eso era una prueba casi definitiva para el equipo que había llevado la investigación, ya que cualquier otra interpretación supondría que buena parte de la información que se tenía de los sucesos de aquel verano, globalmente aceptada en el ámbito científico, quedaría en entredicho y debería ser revisada. Una opción que no se contemplaba.
El equipo de investigadores concluyó además que la letra del manuscrito no era la de Shelley. En este caso afirmaban que era "improbable" dicha autoría, aunque no podían asegurarlo por completo. Cuando Hans insistió se le dijo que, ciertamente, existía un parecido razonable entre una escritura y la otra, pero eso, dijeron, no era suficiente. Aunque no se podía afirmar que no lo era, tampoco se podía afirmar que sí. Esa situación, a nivel científico, daba poco valor al objeto, prácticamente lo anulaba como elemento probatorio.
Hans explicaba en su carta que había otros elementos tangenciales que desacreditaban la autenticidad del diario, aunque no los mencionaba. También expresaba sus dudas respecto al dictamen científico. En su opinión los argumentos del comité científico eran plenamente rebatibles. Pero decía que no tenía ya fuerzas para emprender una cruzada en pos de su reconocimiento internacional. Poco le importaba, decía. Después de toda una vida dedicado al coleccionismo de libros, por fin, al final de sus días, había hallado un ejemplar único, una pieza verdaderamente extraordinaria. Y con eso alcanzaba su plenitud. Saberse poseedor de este libro histórico le bastaba. Él no tenía dudas. Tenía la certeza de que en el futuro, algún día, alguien daría pertinente reconocimiento al diario. Me daba las gracias y se despedía calurosamente.
La carta me dejó profundamente insatisfecho. Como a Hans, poco me importaba si el diario obtenía o no reconocimiento científico. Yo tampoco tenía dudas respecto a su autoría. Mi insatisfacción procedía de otra parte. ¿Acaso Hans no se daba cuenta? Le escribí una carta acalorada e impetuosa. Verano de 1816, Mary Shelley, Percy Shelley, Lord Byron. Suiza. Días de lluvia y mal tiempo. Noches junto al fuego leyendo narraciones de fantasmas. Una apuesta. Tres historias de terror. El mundo conocía una de ellas, Frankenstein. Yo tenía ahora la extraordinaria oportunidad de conocer la segunda, o al menos un esbozo de la misma. "Hans", le escribí, "querido Hans, por el amor de Dios, no puede dejarme así, tenga piedad de mí y hágame partícipe del cuento de terror que Percy Shelley inventó aquellos días ya lejanos. No guarde solo para usted esta espantosa fábula nacida a la par que Frankenstein en aquellos fascinantes días de verano de 1816".
Tres semanas más tarde recibí otra carta de Hans. En ella no me decía nada, no me escribía ni una sola palabra. En el interior del sobre había únicamente las fotocopias de treinta páginas del diario manuscrito, el relato entero de Percy Shelley, de su puño y letra.
La investigación duró seis meses, menos de lo esperado. Pero esa brevedad no iba a traer buenas noticias para el viejo librero. Fue convocado a Ginebra y se le explicó que el libro no tenía valor alguno, que numerosos detalles confirmaban que no había sido de ninguna manera escrito por Percy Shelley. La base de la afirmación radicaba en que el viaje de Shelley por Suiza y Francia en 1816 estaba ampliamente documentado, y dicha información no encajaba en fechas y lugares con el itinerario que establecía el diario encontrado. Eso era una prueba casi definitiva para el equipo que había llevado la investigación, ya que cualquier otra interpretación supondría que buena parte de la información que se tenía de los sucesos de aquel verano, globalmente aceptada en el ámbito científico, quedaría en entredicho y debería ser revisada. Una opción que no se contemplaba.
El equipo de investigadores concluyó además que la letra del manuscrito no era la de Shelley. En este caso afirmaban que era "improbable" dicha autoría, aunque no podían asegurarlo por completo. Cuando Hans insistió se le dijo que, ciertamente, existía un parecido razonable entre una escritura y la otra, pero eso, dijeron, no era suficiente. Aunque no se podía afirmar que no lo era, tampoco se podía afirmar que sí. Esa situación, a nivel científico, daba poco valor al objeto, prácticamente lo anulaba como elemento probatorio.
Hans explicaba en su carta que había otros elementos tangenciales que desacreditaban la autenticidad del diario, aunque no los mencionaba. También expresaba sus dudas respecto al dictamen científico. En su opinión los argumentos del comité científico eran plenamente rebatibles. Pero decía que no tenía ya fuerzas para emprender una cruzada en pos de su reconocimiento internacional. Poco le importaba, decía. Después de toda una vida dedicado al coleccionismo de libros, por fin, al final de sus días, había hallado un ejemplar único, una pieza verdaderamente extraordinaria. Y con eso alcanzaba su plenitud. Saberse poseedor de este libro histórico le bastaba. Él no tenía dudas. Tenía la certeza de que en el futuro, algún día, alguien daría pertinente reconocimiento al diario. Me daba las gracias y se despedía calurosamente.
La carta me dejó profundamente insatisfecho. Como a Hans, poco me importaba si el diario obtenía o no reconocimiento científico. Yo tampoco tenía dudas respecto a su autoría. Mi insatisfacción procedía de otra parte. ¿Acaso Hans no se daba cuenta? Le escribí una carta acalorada e impetuosa. Verano de 1816, Mary Shelley, Percy Shelley, Lord Byron. Suiza. Días de lluvia y mal tiempo. Noches junto al fuego leyendo narraciones de fantasmas. Una apuesta. Tres historias de terror. El mundo conocía una de ellas, Frankenstein. Yo tenía ahora la extraordinaria oportunidad de conocer la segunda, o al menos un esbozo de la misma. "Hans", le escribí, "querido Hans, por el amor de Dios, no puede dejarme así, tenga piedad de mí y hágame partícipe del cuento de terror que Percy Shelley inventó aquellos días ya lejanos. No guarde solo para usted esta espantosa fábula nacida a la par que Frankenstein en aquellos fascinantes días de verano de 1816".
Tres semanas más tarde recibí otra carta de Hans. En ella no me decía nada, no me escribía ni una sola palabra. En el interior del sobre había únicamente las fotocopias de treinta páginas del diario manuscrito, el relato entero de Percy Shelley, de su puño y letra.
miércoles, 23 de febrero de 2011
Los amigos de Frankenstein (Primera parte)
Mary Shelley relata en el prefacio de su inmortal novela "Frankenstein" las circunstancias a partir de las cuales inició su redacción. Estando de visita en Suiza, con su esposo el Sr. Shelley y con un reconocido amigo, Lord Byron, se vieron sorprendidos por el mal tiempo que no les permitía emprender visitas por la zona, como tenían planeado. Encerrados en la casa donde se alojaban, junto a un lago, cerca de Ginebra, pasaban el tiempo conversando y leyendo antiguos libros de terror alemanes. La situación les llevó una noche a proponerse un reto: escribir cada uno de ellos un relato terrorífico que tuviera lo sobrenatural como tema. Mary Shelley ideó una de esas noches el inicio de "Frankenstein", ella misma cuenta que a partir de un sueño.
Sus dos compañeros, sin embargo, dejaron su tarea a medias, pues mejoró el tiempo y prefirieron ocuparlo al aire libre. De los tres proyectos de novela, solo el de Mary Shelley llegó a terminarse y a publicarse.
Hace solo unos meses, durante un viaje por Suiza, me hallaba de paso en un pequeño pueblo cuyo nombre no recuerdo. Nos detuvimos porque el lugar nos pareció gracioso y agradable. Llegamos sobre las 11 de la mañana, y hacíamos tiempo antes de comer para reemprender la marcha a media tarde. Mientras mis compañeros de viaje se metían en un bar para tomar un aperitivo, yo me dejé seducir por una pequeña tienda de libros antiguos que tenía un aspecto sucio y pintoresco. No estaba muy claro si la tienda estaba o no abierta al público, pues el polvo que había en los cristales sería inaceptable para cualquier comerciante mínimamente competente. Sin embargo la puerta estaba abierta, y en su interior, además de cientos de libros y un dedo de polvo por doquier, había un hombre de avanzada edad, sentado en una sillita y ojeando un libro. Me dio la bienvenida en francés y me invitó a curiosear.
Mi dominio del francés es bastante limitado, pero alcanza para hacerme entender y para enterarme de la esencia de lo que se me dice. Llevaba media hora en la tienda cuando el anciano me llamó. Quería enseñarme un libro que tenía entre las manos. No era un libro editado, sino una libreta manuscrita, una especie de diario de aspecto antiquísimo, castigado por el tiempo. El hombre me informó de que acababa de recibir una caja llena de libracos más viejos que antiguos, más sucios que añejos, procedente de una casa del pueblo. La señora de la casa, una mujer de más de 90 años, según dijo, había muerto recientemente y sus herederos habían empaquetado sus libros y se los habían quitado de encima vendiéndolos al librero por unos pocos francos suizos. Se trataba de viejas ediciones alemanas y suizas de clásicos alemanes, franceses e ingleses. Algunas eran ediciones interesantes, pero ninguna de ellas era nada del otro mundo. En el fondo del cajón, el librero acababa de encontrar aquel pequeño diario manuscrito que ahora tenía entre manos. Pero resultaba que estaba escrito en inglés, una lengua que el viejo no conocía. La letra, además, era casi un jeroglífico de ardua lectura. Por esa razón me reclamó, con la esperanza de que pudiera darle alguna información sobre el librillo que le permitiera catalogarlo y ponerle precio, o quizás lanzarlo simplemente a la basura.
Pocas veces me ha recorrido el espinazo una sensación de excitación tan intensa como ese día, en ese momento, cuando tras unos segundos de inspeccionar aquel diario pude comprobar que aparecía una y otra vez una firma al final de cada artículo. No me costó reconocer en ella la palabra Shelley. También identifiqué diversas fechas del año 1816, así como algunas ubicaciones como Ginebra y Chamonix. Mi reacción fue tan evidente y transparente que el viejo librero se puso de inmediato en pie y recuperó de un zarpazo el libro.
Llamé por teléfono a mis compañeros de viaje para decirles que se fueran sin mí a comer. Me ofrecí al librero a hacerle de interprete y ayudante en las primeras averiguaciones, a lo cual accedió. Me temblaban las manos cuando abrí la cubierta y empecé a leer la primera página del manuscrito, pero me temblaron más cuando descubrimos que el librillo, efectivamente, estaba escrito de su puño y letra por Percy Bysshe Shelley, el poeta romántico inglés esposo de Mary Shelley, durante los meses de verano de 1816. Lo que tenía en las manos era el diario de aquel verano, del verano en que Mary Shelley dio vida a Frankenstein. El valor de aquel librillo, de confirmarse nuestras suposiciones, era incalculable. Pero eso no era todo.
Me pareció que le daba un infarto al viejecillo, y que también me daba a mí, cuando descubrimos que en aquel librillo Percy Bysshe Shelley había escrito a lo largo de los últimos días de mayo y los primeros de junio, el esbozo de un argumento para un relato de terror. El viejo y yo nos dimos cuenta de que teníamos en las manos la segunda de las historias que surgieron de aquel reto nocturno entre tres amigos atrapados por la lluvia. Percy Shelley no había llegado a desarrollar su argumento, pero parecía que acabábamos de descubrir que había hecho parte de sus deberes.
Yo me mostré dispuesto a leer y traducir el relato, que ocupaba unas 30 páginas del cuaderno. No importaba el tiempo que llevara. Sin embargo, el viejo librero, que había palidecido y que mostraba síntomas de estar al borde de un colapso, rescato el diario, lo guardó en su escritorio, regresó hasta mí y tras darme las gracias, me rogó que me marchara. Mis protestas no sirvieron de nada. Lo más que conseguí fue arrancarle la promesa de que me escribiría una carta (el hombre no sabía lo que era un ordenador), explicándome sus posteriores investigaciones y la esencia de aquel esbozo de relato de terror.
No olvidé esta peripecia, y aunque pasaban los meses, cada mañana seguía buscando en el buzón alguna carta llegada desde Suiza. Nunca hablé de ello con nadie.
Hace aproximadamente tres meses, casi un año después de aquel episodio, la carta llegó.
Sus dos compañeros, sin embargo, dejaron su tarea a medias, pues mejoró el tiempo y prefirieron ocuparlo al aire libre. De los tres proyectos de novela, solo el de Mary Shelley llegó a terminarse y a publicarse.
Hace solo unos meses, durante un viaje por Suiza, me hallaba de paso en un pequeño pueblo cuyo nombre no recuerdo. Nos detuvimos porque el lugar nos pareció gracioso y agradable. Llegamos sobre las 11 de la mañana, y hacíamos tiempo antes de comer para reemprender la marcha a media tarde. Mientras mis compañeros de viaje se metían en un bar para tomar un aperitivo, yo me dejé seducir por una pequeña tienda de libros antiguos que tenía un aspecto sucio y pintoresco. No estaba muy claro si la tienda estaba o no abierta al público, pues el polvo que había en los cristales sería inaceptable para cualquier comerciante mínimamente competente. Sin embargo la puerta estaba abierta, y en su interior, además de cientos de libros y un dedo de polvo por doquier, había un hombre de avanzada edad, sentado en una sillita y ojeando un libro. Me dio la bienvenida en francés y me invitó a curiosear.
Mi dominio del francés es bastante limitado, pero alcanza para hacerme entender y para enterarme de la esencia de lo que se me dice. Llevaba media hora en la tienda cuando el anciano me llamó. Quería enseñarme un libro que tenía entre las manos. No era un libro editado, sino una libreta manuscrita, una especie de diario de aspecto antiquísimo, castigado por el tiempo. El hombre me informó de que acababa de recibir una caja llena de libracos más viejos que antiguos, más sucios que añejos, procedente de una casa del pueblo. La señora de la casa, una mujer de más de 90 años, según dijo, había muerto recientemente y sus herederos habían empaquetado sus libros y se los habían quitado de encima vendiéndolos al librero por unos pocos francos suizos. Se trataba de viejas ediciones alemanas y suizas de clásicos alemanes, franceses e ingleses. Algunas eran ediciones interesantes, pero ninguna de ellas era nada del otro mundo. En el fondo del cajón, el librero acababa de encontrar aquel pequeño diario manuscrito que ahora tenía entre manos. Pero resultaba que estaba escrito en inglés, una lengua que el viejo no conocía. La letra, además, era casi un jeroglífico de ardua lectura. Por esa razón me reclamó, con la esperanza de que pudiera darle alguna información sobre el librillo que le permitiera catalogarlo y ponerle precio, o quizás lanzarlo simplemente a la basura.
Pocas veces me ha recorrido el espinazo una sensación de excitación tan intensa como ese día, en ese momento, cuando tras unos segundos de inspeccionar aquel diario pude comprobar que aparecía una y otra vez una firma al final de cada artículo. No me costó reconocer en ella la palabra Shelley. También identifiqué diversas fechas del año 1816, así como algunas ubicaciones como Ginebra y Chamonix. Mi reacción fue tan evidente y transparente que el viejo librero se puso de inmediato en pie y recuperó de un zarpazo el libro.
Llamé por teléfono a mis compañeros de viaje para decirles que se fueran sin mí a comer. Me ofrecí al librero a hacerle de interprete y ayudante en las primeras averiguaciones, a lo cual accedió. Me temblaban las manos cuando abrí la cubierta y empecé a leer la primera página del manuscrito, pero me temblaron más cuando descubrimos que el librillo, efectivamente, estaba escrito de su puño y letra por Percy Bysshe Shelley, el poeta romántico inglés esposo de Mary Shelley, durante los meses de verano de 1816. Lo que tenía en las manos era el diario de aquel verano, del verano en que Mary Shelley dio vida a Frankenstein. El valor de aquel librillo, de confirmarse nuestras suposiciones, era incalculable. Pero eso no era todo.
Me pareció que le daba un infarto al viejecillo, y que también me daba a mí, cuando descubrimos que en aquel librillo Percy Bysshe Shelley había escrito a lo largo de los últimos días de mayo y los primeros de junio, el esbozo de un argumento para un relato de terror. El viejo y yo nos dimos cuenta de que teníamos en las manos la segunda de las historias que surgieron de aquel reto nocturno entre tres amigos atrapados por la lluvia. Percy Shelley no había llegado a desarrollar su argumento, pero parecía que acabábamos de descubrir que había hecho parte de sus deberes.
Yo me mostré dispuesto a leer y traducir el relato, que ocupaba unas 30 páginas del cuaderno. No importaba el tiempo que llevara. Sin embargo, el viejo librero, que había palidecido y que mostraba síntomas de estar al borde de un colapso, rescato el diario, lo guardó en su escritorio, regresó hasta mí y tras darme las gracias, me rogó que me marchara. Mis protestas no sirvieron de nada. Lo más que conseguí fue arrancarle la promesa de que me escribiría una carta (el hombre no sabía lo que era un ordenador), explicándome sus posteriores investigaciones y la esencia de aquel esbozo de relato de terror.
No olvidé esta peripecia, y aunque pasaban los meses, cada mañana seguía buscando en el buzón alguna carta llegada desde Suiza. Nunca hablé de ello con nadie.
Hace aproximadamente tres meses, casi un año después de aquel episodio, la carta llegó.
viernes, 18 de febrero de 2011
Krasnogorsk 3 (Segunda y última parte)
La Krasnogorsk 3 tiene algunas leyendas asociadas bastante curiosas, como esa de que Krzysztof Kieslowski se inició con esta cámara, o esa otra de que Spike Lee filmó algunos planos de "Get on the bus" con una K-3. Estas tienen mucho de veraces. No es tan creíble, sin embargo, la historia que una vez me contaron y que es de largo mi favorita.
Se dice que a finales de los setenta, en la fábrica KMZ de Krasnogorsk, donde se producía la cámara, trabajaba una muchacha de unos 22 años muy espabilada y con muchos recursos. La chica, cuyo nombre desconozco y desconocía también el coleccionista ruso que me contó este cuento, tenía un amante del que estaba prendada sin remedio. El chico (cuyo nombre también se desconoce) era más joven que ella, de unos 16 años, y soñaba con ser cineasta. Así que nuestra heroína decidió regalarle una cámara Krasnogorsk 3 para que empezara a hacer realidad su sueño, y de paso, para complacerle y ganarse su amor eterno.
La muchacha no era una trabajadora cualificada, trabajaba en una zona de embalaje y de logística dentro de la planta. E ideó un plan para robar una de las cientos de K-3 que cada día pasaban por sus manos. Los soviéticos eran muy estrictos con los números, así que no lo tuvo fácil. Pero su puesto de trabajo le facilitaba las cosas. El problema no estaba en coger la cámara y llevársela, sino en hacerla desaparecer de los registros. Las cámaras le llegaban a ella ya con el número de serie grabado, con lo que éste era ya inalterable. Cada número de serie debía tener un destino marcado. Otra cosa despertaría inmediatamente una investigación. Ella era la encargada de apuntar los números de serie en los registros. Pero, ¿como aprovechar esa ventaja? No podía hacer desaparecer un número sin más, pues en los muelles de carga se empaquetaban y cargaban un numero fijo de cámaras, 50 en concreto. Esas cargas se hacían, registralmente, a partir de números consecutivos. La desaparición de una cámara supondría que en una carga habría 49 cámaras, y no 50. Añadir otra, alteraría todo el criterio numérico de carga y sería fácilmente descubierto. El único modo de hacerlo era marcar una determinada cámara con su número de serie como un "paquete especial". Eso permitía desviarla de la cadena de embalaje y resetear los números de referencia para la carga. En cuanto alguien hiciera preguntas, solo había que mostrar los registros dónde se especificaba que esa cámara era un "paquete especial". Eso hizo nuestra heroína.
La mayor parte de las veces no se hacían más preguntas, pero en esta ocasión, su supervisor quiso saber por qué en concreto la cámara con número de serie 78010662 estaba señalada como "paquete especial". La chica tuvo que improvisar. Explicó que, por lo que había oído, se trataba de un obsequio para uno de los principales miembros locales del partido comunista. La explicación dejó satisfecho al supervisor, un hombre muy puntilloso, que tomó buena nota de ello.
La chica había escogido esa cámara y no otra por una razón concreta. El número de serie, aquello a lo que la mayoría de mortales no haría el menor caso, pero en lo que ella andaba metida todo el santo día, no era otro que la fecha de cumpleaños de su amante: el primero de junio de 1962. Los dos primeros dígitos, 78, daban cuenta del año de producción. Le pareció un detalle del destino que una partida con esa numeración llegara a sus libros en ese preciso momento. Así que aquella fue la cámara escogida.
Todo fue muy bien. Le llevó la Krasnogorsk 3 numero 78010662 a su joven muchacho, que la recibió extasiado, feliz como jamás lo había visto. Pensó que su plan había funcionado a la perfección, y que aquel chico del que estaba perdidamente enamorada, sería suyo para siempre. Pero ocurrió algo que ella no había previsto. Al poco de tener la cámara, una sombra apareció: el amor por el cine que aquel joven sentía, empezó a desplazarla. La pobre chica tenía que seguirle a todas partes para que rodara esto y aquello, vio como algunas ansiadas citas se cancelaban porque su amante tenía planeado filmar determinado evento. Pasaba horas aburrida en su apartamento mientras el chico revelaba y editaba los metros y metros de película que empezaban a inundar el piso. Los enormes riesgos que había corrido no daban los frutos esperados. Su amor tenía una competidora inesperada, la Krasnogorsk 3.
A las pocas semanas del hurto, una delegación política municipal hizo una visita a la planta de KMZ. Entre los miembros del grupo se encontraba el mandamás del partido a quien, según ella, se le había mandado como un "paquete especial" la cámara que en realidad había sido sustraída. No tenía por qué pasar nada, pero pasó. Cuando la delegación llegó a la zona de embalaje y logística, se les explicó a los políticos la precisión con que se llevaba registro de todas las unidades producidas. El supervisor quiso demostrar su afirmación y desafió a la delegación a escoger un número al azar. Con esa referencia se podría obtener el destino exacto de la cámara en cuestión. Quiso el azar que fuera aquel político quien diera una cifra, quiso el azar que el hijo del mismo tuviera 16 años y hubiera nacido el mismo día que el amante de nuestra heroína, y quiso el azar que, de todas las cifras que el político pudo haber dicho, mencionara en concreto los números de esa fecha, el primero de junio de 1962. Y lo que ocurrió es ya previsible: el supervisor observó que aquella cámara era un "paquete especial" y que había sido un regalo para un miembro local del partido comunista. Todos sonrieron con sorna y quisieron saber de qué político se trataba. El supervisor, un poco apurado, se hinchó de satisfacción cuando comprobó que, efectivamente, aparecía registrado un nombre. Cuando lo dijo, saltaron las risas en las caras de todos los miembros de la delegación, excepto en la de uno.
El pastel se descubrió allí mismo. Nuestra protagonista, que ya había entrado en un estado de amargura por causa de su amante, nacido el primero de junio de 1962, y del amor de éste por el cine, fue rápidamente identificada y acorralada. Ese mismo día se obsequió (por las molestias, según se dijo) al político en cuestión con una cámara Krasnogorsk 3 y se suspendió la actividad de nuestra heroína en la fábrica. Una semana después fue enviada hacia el este con destino desconocido.
El vendedor ruso que me contó esta historia no conocía el final de ninguno de sus personajes, aunque algunas fuentes apuntan que aquel muchacho al que su enamorada obsequió con una K-3, llegó a ser un importante cineasta, hoy internacionalmente reconocido, cuyo nombre no se puede confesar. De la chica, nadie sabe nada. El político era ni más ni menos que... bueno, tampoco se puede confesar, y no aporta nada nuevo a esta historia.
La leyenda, si puede llamarse así a una historia que solo tiene 33 años de antigüedad y cuyos protagonistas siguen, se supone, con vida, tiene un epílogo todavía más reciente que, de hecho, todavía no se ha cerrado. En el año 1995, en Polonia, apareció en un anticuario de Cracovia una cámara Krasnogorsk 3 con el número de serie 78010662. Se dice que la compró un coleccionista alemán, y desapereció sin dejar rastro. Hasta 2003. Ese año, no se sabe cómo, ni dónde, ni por quién, la 78010662 volvió a ponerse en circulación por internet y fue adquirida por alguien desconocido. Otra vez se le perdió la pista, y no se supo nada más hasta hace un año, cuando la 78010662 fue referenciada en un inventario rutinario de la policía italiana entre las pertenencias de un hombre asesinado por su esposa en la ciudad de Génova. Fue subastada judicialmente y adquirida por una mujer de nombre desconocida. Sólo se sabe de ella que era rusa, muy bella, elegante y altiva, y que tendría unos 55 años.
Se dice que a finales de los setenta, en la fábrica KMZ de Krasnogorsk, donde se producía la cámara, trabajaba una muchacha de unos 22 años muy espabilada y con muchos recursos. La chica, cuyo nombre desconozco y desconocía también el coleccionista ruso que me contó este cuento, tenía un amante del que estaba prendada sin remedio. El chico (cuyo nombre también se desconoce) era más joven que ella, de unos 16 años, y soñaba con ser cineasta. Así que nuestra heroína decidió regalarle una cámara Krasnogorsk 3 para que empezara a hacer realidad su sueño, y de paso, para complacerle y ganarse su amor eterno.
La muchacha no era una trabajadora cualificada, trabajaba en una zona de embalaje y de logística dentro de la planta. E ideó un plan para robar una de las cientos de K-3 que cada día pasaban por sus manos. Los soviéticos eran muy estrictos con los números, así que no lo tuvo fácil. Pero su puesto de trabajo le facilitaba las cosas. El problema no estaba en coger la cámara y llevársela, sino en hacerla desaparecer de los registros. Las cámaras le llegaban a ella ya con el número de serie grabado, con lo que éste era ya inalterable. Cada número de serie debía tener un destino marcado. Otra cosa despertaría inmediatamente una investigación. Ella era la encargada de apuntar los números de serie en los registros. Pero, ¿como aprovechar esa ventaja? No podía hacer desaparecer un número sin más, pues en los muelles de carga se empaquetaban y cargaban un numero fijo de cámaras, 50 en concreto. Esas cargas se hacían, registralmente, a partir de números consecutivos. La desaparición de una cámara supondría que en una carga habría 49 cámaras, y no 50. Añadir otra, alteraría todo el criterio numérico de carga y sería fácilmente descubierto. El único modo de hacerlo era marcar una determinada cámara con su número de serie como un "paquete especial". Eso permitía desviarla de la cadena de embalaje y resetear los números de referencia para la carga. En cuanto alguien hiciera preguntas, solo había que mostrar los registros dónde se especificaba que esa cámara era un "paquete especial". Eso hizo nuestra heroína.
La mayor parte de las veces no se hacían más preguntas, pero en esta ocasión, su supervisor quiso saber por qué en concreto la cámara con número de serie 78010662 estaba señalada como "paquete especial". La chica tuvo que improvisar. Explicó que, por lo que había oído, se trataba de un obsequio para uno de los principales miembros locales del partido comunista. La explicación dejó satisfecho al supervisor, un hombre muy puntilloso, que tomó buena nota de ello.
La chica había escogido esa cámara y no otra por una razón concreta. El número de serie, aquello a lo que la mayoría de mortales no haría el menor caso, pero en lo que ella andaba metida todo el santo día, no era otro que la fecha de cumpleaños de su amante: el primero de junio de 1962. Los dos primeros dígitos, 78, daban cuenta del año de producción. Le pareció un detalle del destino que una partida con esa numeración llegara a sus libros en ese preciso momento. Así que aquella fue la cámara escogida.
Todo fue muy bien. Le llevó la Krasnogorsk 3 numero 78010662 a su joven muchacho, que la recibió extasiado, feliz como jamás lo había visto. Pensó que su plan había funcionado a la perfección, y que aquel chico del que estaba perdidamente enamorada, sería suyo para siempre. Pero ocurrió algo que ella no había previsto. Al poco de tener la cámara, una sombra apareció: el amor por el cine que aquel joven sentía, empezó a desplazarla. La pobre chica tenía que seguirle a todas partes para que rodara esto y aquello, vio como algunas ansiadas citas se cancelaban porque su amante tenía planeado filmar determinado evento. Pasaba horas aburrida en su apartamento mientras el chico revelaba y editaba los metros y metros de película que empezaban a inundar el piso. Los enormes riesgos que había corrido no daban los frutos esperados. Su amor tenía una competidora inesperada, la Krasnogorsk 3.
A las pocas semanas del hurto, una delegación política municipal hizo una visita a la planta de KMZ. Entre los miembros del grupo se encontraba el mandamás del partido a quien, según ella, se le había mandado como un "paquete especial" la cámara que en realidad había sido sustraída. No tenía por qué pasar nada, pero pasó. Cuando la delegación llegó a la zona de embalaje y logística, se les explicó a los políticos la precisión con que se llevaba registro de todas las unidades producidas. El supervisor quiso demostrar su afirmación y desafió a la delegación a escoger un número al azar. Con esa referencia se podría obtener el destino exacto de la cámara en cuestión. Quiso el azar que fuera aquel político quien diera una cifra, quiso el azar que el hijo del mismo tuviera 16 años y hubiera nacido el mismo día que el amante de nuestra heroína, y quiso el azar que, de todas las cifras que el político pudo haber dicho, mencionara en concreto los números de esa fecha, el primero de junio de 1962. Y lo que ocurrió es ya previsible: el supervisor observó que aquella cámara era un "paquete especial" y que había sido un regalo para un miembro local del partido comunista. Todos sonrieron con sorna y quisieron saber de qué político se trataba. El supervisor, un poco apurado, se hinchó de satisfacción cuando comprobó que, efectivamente, aparecía registrado un nombre. Cuando lo dijo, saltaron las risas en las caras de todos los miembros de la delegación, excepto en la de uno.
El pastel se descubrió allí mismo. Nuestra protagonista, que ya había entrado en un estado de amargura por causa de su amante, nacido el primero de junio de 1962, y del amor de éste por el cine, fue rápidamente identificada y acorralada. Ese mismo día se obsequió (por las molestias, según se dijo) al político en cuestión con una cámara Krasnogorsk 3 y se suspendió la actividad de nuestra heroína en la fábrica. Una semana después fue enviada hacia el este con destino desconocido.
El vendedor ruso que me contó esta historia no conocía el final de ninguno de sus personajes, aunque algunas fuentes apuntan que aquel muchacho al que su enamorada obsequió con una K-3, llegó a ser un importante cineasta, hoy internacionalmente reconocido, cuyo nombre no se puede confesar. De la chica, nadie sabe nada. El político era ni más ni menos que... bueno, tampoco se puede confesar, y no aporta nada nuevo a esta historia.
La leyenda, si puede llamarse así a una historia que solo tiene 33 años de antigüedad y cuyos protagonistas siguen, se supone, con vida, tiene un epílogo todavía más reciente que, de hecho, todavía no se ha cerrado. En el año 1995, en Polonia, apareció en un anticuario de Cracovia una cámara Krasnogorsk 3 con el número de serie 78010662. Se dice que la compró un coleccionista alemán, y desapereció sin dejar rastro. Hasta 2003. Ese año, no se sabe cómo, ni dónde, ni por quién, la 78010662 volvió a ponerse en circulación por internet y fue adquirida por alguien desconocido. Otra vez se le perdió la pista, y no se supo nada más hasta hace un año, cuando la 78010662 fue referenciada en un inventario rutinario de la policía italiana entre las pertenencias de un hombre asesinado por su esposa en la ciudad de Génova. Fue subastada judicialmente y adquirida por una mujer de nombre desconocida. Sólo se sabe de ella que era rusa, muy bella, elegante y altiva, y que tendría unos 55 años.
jueves, 17 de febrero de 2011
Krasnogorsk 3 (Primera parte)
Krasnogorsk es una ciudad-suburbio de la enorme conurbación metropolitana de Moscú. Es una ciudad surgida de la nada en los años treinta del siglo XX, creada de acuerdo con los cánones soviéticos como una ciudad residencial e industrial. Tiene en la actualidad más de 100.000 habitantes, y no presenta interés turístico alguno, sería una más de las muchas que pueblan el oblast (una especie de departamento federal) de Moscú, si no fuera porque la ciudad dio nombre a un producto salido de una de sus fábricas durante las décadas de los 70, 80 y 90, un producto que terminó por hacerla célebre. La empresa Krasnogorski Zavod (KMZ) producía cámaras fotográficas y cinematográficas. Son bastante conocidas, por ejemplo, las cámaras de fotos Zenit. Y se fabricó también una linea de cámaras de 16 mm, las Krasnogorsk.
Las cámaras de la serie Krasnogorsk empezaron a fabricarse alrededor de 1971 y pronto se convirtieron en muy populares en todos los países del bloque comunista. La Krasnogorsk era una cámara muy fuerte y resistente, ideal para condiciones extremas (muy resistente al frío), y absolutamente autónoma, pues funcionaba a cuerda. No precisaba ningún tipo de baterías, excepto para el fotómetro interno que llevaba incorporado. A diferencia de la mayoría de las cámaras cinematográficas de 16 mm de la época, la Krasnogorsk se concibió como una cámara ligera y funcional, con un diseño técnico y estético práctico y sencillo, características en las cuales radica precisamente su belleza. Y ello se hizo sin renunciar a las prestaciones técnicas más interesantes y manteniendo altos los estándares de calidad, pues el modelo Krasnogorsk 3 (de largo el más popular) salía de fabrica con una óptica más que decente, la Meteor 5-1. Este objetivo llevaba un zoom de entre 17 y 69 mm, con una apertura máxima de diafragma de 1,9. Unos números muy respetables. Sin mayores alardes, la cámara incorporaba un selector de velocidades de filmación que abarcaba desde los 8 f.p.s hasta los 48 f.p.s, y permitía la filmación foto a foto, con lo que era una cámara muy interesante para realizar animación.
A todo ello se unía otra ventaja: se concibió como una cámara barata, plenamente asequible para su uso amateur. Con lo cual, por una cifra relativamente baja, cualquier aficionado al cine, cualquier persona ansiosa por captar imágenes, tenía la posibilidad de acceder a los 16 mm, uno de los formatos más interesantes del mundo del cine y con características ya profesionales, y hacerlo con unos criterios de calidad aceptables. La Krasnogorsk era una verdadera oportunidad para los cineastas amateurs del bloque soviético. Esa combinación de ventajas, unida a su falta de pretensiones y a su bonito y eficaz diseño, hicieron de la cámara un objeto muy apreciado.
La Krasnogorsk 3 era una cámara desconocida en occidente. No existía en el mundo capitalista una cámara barata para uso amateur. Las Bolex, las Arriflex, las Beaulieu, eran sofisticadas y caras, por no hablar de las Eclair o las Aaton. Puede que la Krasnogorsk hubiera tenido una vida comercial interesante una vez cayó el telón de acero y se abrieron los mercados hacia un lado y hacia el otro. Pero la irrupción del vídeo, robó literalmete el segmento de potenciales compradores de la K-3. El amateurismo se pasó al vídeo.
En los primeros años de la década del los 90, la Krasnogorsk 3 se dejó de fabricar. Se habían producido a lo largo de 20 años varios cientos de miles de unidades de la versión 1, la 2 y sobre todo la 3. Se llegó a diseñar y a construir una última versión, la K-3M, de la cual solo aparecieron unas pocas unidades.
La K-3 desapareció. ¿O no?
En los últimos años, cosas del destino, la K-3 ha vuelto a sacar la cabeza en un mercado que es hoy global, que abarca desde Moscú, a Seattle, desde Londres a Vladivostok. No todo el mundo se conforma con una cámara de vídeo, los hay que siguen soñando con hacer películas amateurs en celuloide, hacerlas en ese maravilloso formato llamado 16 mm. Ellos son los que han redescubierto esta cámara, esa gran minoría repartida por todo el mundo es la que la ha sacado del olvido absoluto, la que la ha convertido, definitivamente, en una cámara de culto.
Hoy puede comprarse fácilmente, de segunda mano, una de las cientos de miles de Krasnogorsk 3 caídas en desuso. Solo hace falta un ordenador conectado a la red. Se venden, con todos sus complementos (bolsa original, filtros, correas, etc) en Rusia, Ukrania, Bielorrusia... por menos de 200 euros.
Las cámaras de la serie Krasnogorsk empezaron a fabricarse alrededor de 1971 y pronto se convirtieron en muy populares en todos los países del bloque comunista. La Krasnogorsk era una cámara muy fuerte y resistente, ideal para condiciones extremas (muy resistente al frío), y absolutamente autónoma, pues funcionaba a cuerda. No precisaba ningún tipo de baterías, excepto para el fotómetro interno que llevaba incorporado. A diferencia de la mayoría de las cámaras cinematográficas de 16 mm de la época, la Krasnogorsk se concibió como una cámara ligera y funcional, con un diseño técnico y estético práctico y sencillo, características en las cuales radica precisamente su belleza. Y ello se hizo sin renunciar a las prestaciones técnicas más interesantes y manteniendo altos los estándares de calidad, pues el modelo Krasnogorsk 3 (de largo el más popular) salía de fabrica con una óptica más que decente, la Meteor 5-1. Este objetivo llevaba un zoom de entre 17 y 69 mm, con una apertura máxima de diafragma de 1,9. Unos números muy respetables. Sin mayores alardes, la cámara incorporaba un selector de velocidades de filmación que abarcaba desde los 8 f.p.s hasta los 48 f.p.s, y permitía la filmación foto a foto, con lo que era una cámara muy interesante para realizar animación.
A todo ello se unía otra ventaja: se concibió como una cámara barata, plenamente asequible para su uso amateur. Con lo cual, por una cifra relativamente baja, cualquier aficionado al cine, cualquier persona ansiosa por captar imágenes, tenía la posibilidad de acceder a los 16 mm, uno de los formatos más interesantes del mundo del cine y con características ya profesionales, y hacerlo con unos criterios de calidad aceptables. La Krasnogorsk era una verdadera oportunidad para los cineastas amateurs del bloque soviético. Esa combinación de ventajas, unida a su falta de pretensiones y a su bonito y eficaz diseño, hicieron de la cámara un objeto muy apreciado.
La Krasnogorsk 3 era una cámara desconocida en occidente. No existía en el mundo capitalista una cámara barata para uso amateur. Las Bolex, las Arriflex, las Beaulieu, eran sofisticadas y caras, por no hablar de las Eclair o las Aaton. Puede que la Krasnogorsk hubiera tenido una vida comercial interesante una vez cayó el telón de acero y se abrieron los mercados hacia un lado y hacia el otro. Pero la irrupción del vídeo, robó literalmete el segmento de potenciales compradores de la K-3. El amateurismo se pasó al vídeo.
En los primeros años de la década del los 90, la Krasnogorsk 3 se dejó de fabricar. Se habían producido a lo largo de 20 años varios cientos de miles de unidades de la versión 1, la 2 y sobre todo la 3. Se llegó a diseñar y a construir una última versión, la K-3M, de la cual solo aparecieron unas pocas unidades.
La K-3 desapareció. ¿O no?
En los últimos años, cosas del destino, la K-3 ha vuelto a sacar la cabeza en un mercado que es hoy global, que abarca desde Moscú, a Seattle, desde Londres a Vladivostok. No todo el mundo se conforma con una cámara de vídeo, los hay que siguen soñando con hacer películas amateurs en celuloide, hacerlas en ese maravilloso formato llamado 16 mm. Ellos son los que han redescubierto esta cámara, esa gran minoría repartida por todo el mundo es la que la ha sacado del olvido absoluto, la que la ha convertido, definitivamente, en una cámara de culto.
Hoy puede comprarse fácilmente, de segunda mano, una de las cientos de miles de Krasnogorsk 3 caídas en desuso. Solo hace falta un ordenador conectado a la red. Se venden, con todos sus complementos (bolsa original, filtros, correas, etc) en Rusia, Ukrania, Bielorrusia... por menos de 200 euros.
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