martes, 19 de abril de 2011

La batalla de Lleida (1938)

(También conocida como Batalla de Lérida (1938))

Una de las batallas más desconocidas, y por tanto más olvidadas de la Guerra Civil en Catalunya es la batalla de Lleida. Es un hecho en verdad sorprendente, pues fue una batalla de proporciones y repercusiones importantes. Enfrentó entre el 31 de marzo y el 3 de abril de 1938 en los alrededores de la ciudad y en sus calles a más de 20.000 hombres, se produjeron combates durísimos y dejó un trágico balance que algunas fuentes sitúan en 950 bajas entre los nacionales, y una cifra que podría acercarse a las 4000 en el bando republicano, entre muertos, heridos y prisioneros. Además, la batalla de Lleida fue la única por la toma de una ciudad que se produjo en Catalunya, con las consecuencias durísimas que tuvo para sus habitantes, supuso un tremendo golpe moral para la república, y afianzo definitivamente a las tropas nacionales en la antesala de la toma de Catalunya.

Existen pocas publicaciones sobre el frente del Segre, y menos aún respecto a la batalla de Lleida. Uno de los más interesantes y documentados libros sobre los hechos ocurridos en esos días en la ciudad es "La batalla del Segre", publicado por Lluís Mezquida en 1972. En su relato está basado este artículo.

Tras la toma de Teruel por los rebeldes, las tropas republicanas retrocedieron en desbandada ofreciendo poca resistencia al avance imparable de las divisiones nacionales. El objetivo de estas era Lleida, como puerta de entrada a Catalunya. Por parte republicana, las ordenes hablaban de "defender a toda costa la población de Lérida". Días antes de iniciarse los combates, quedaba claro que la ciudad era el lugar donde se iba a librar la batalla, y para ello se prepararon los dos ejércitos.

Se encarga a la 46 división, la defensa de la ciudad. Ésta se reorganiza a toda prisa entre el 29 y el 31 de marzo, reforzándose con lo que queda de la 16 División y tropas procedentes de la 27 División, que se trasladan a toda prisa a la zona. Junto con otras unidades agregadas, el ejercito defensor lo formarían, según cálculos de Lluís Mezquida, unos 10.000 hombres. Se pone al mando de la División a Valentín González González, "el Campesino".


Valentín González González, "el Campesino"

Estas tropas se reparten en tres brigadas, la 10, la 60 y la 101, y se despliegan por la huerta de Lleida, en el margen derecho del río, aproximadamente a unos 2 kilómetros de la ciudad, en concreto por las partidas de Montcada y Boixadors, al norte, y por Sant Just, Pla del Batlle, Caparrella y Rufea, al sur.

En el bando nacional, se encarga a la 13 División, mandada por el general Fernando Barrón Ortiz, el asalto a la ciudad, reforzada por la 150 División y la 5ª División de Navarra, sumando entre todas las unidades, también, unos 10.000 soldados. La 13 División era conocida como la "mano negra", pues llevaba una mano negra dibujada en su estandarte. Entre esas tropas se encuentran algunas de las unidades de élite de los rebeldes, tropas muy experimentadas y con fama de ser implacables, como el Tabor de Tiradores de Ifni, y varias banderas de la Legión.

El principal objetivo militar era inicialmente la colina conocida como "Les Collades", en la partida de Sant Just, de poco más de 200 metros de altura, un punto estratégico para avanzar sobre la ciudad. Los nacionales pretendían tomar esa cota y paralelamente asaltar un segundo punto estratégico, Gardeny, que les permitiría ya tener una posición de privilegio sobre la ciudad.

Desplegados ambos ejércitos, bajo un permanente fuego de artillería por ambas partes, que en los días previos había dejado la ciudad prácticamente vacía de civiles, la orden de ataque se da la noche del 30 al 31 de marzo. Los combates más duros se producen en "Les Collades", en Sant Just. Este punto estratégico está defendido por la 60 Brigada republicana, y los atacantes son unidades de la Brigada móvil de Caballería y de la 150 División. Durante todo el día, se producen ataques, contestados con contraataques republicanos. Especialmente sangrientos son los enfrentamientos en la cota 205, que fue tomada y recuperada hasta tres veces a lo largo de un día de combates sin tregua. Los combates, con fuertes contraataques republicanos, continúan por la noche, para luego pasar a una calma tensa. También durante ese día, se inician los ataques a Gardeny por el sur.

El día 1 de abril, los republicanos mantienen su posición en "Les Collades" y en Gardeny, pero la situación de las tropas nacionales es ahora mucho más favorable para la toma de sendas colinas. Se suma a ello la superioridad de la artillería y la fuerza aérea nacional. Durante el primer día, los nacionales ya han hecho 180 prisioneros. Los combates prosiguen, sucediéndose otra vez ataques y contraataques, y produciéndose numerosas bajas en ambos bandos, en especial entre los republicanos que defienden "Les Collades". La vanguardia nacional consigue ventajosas posiciones para el asalto final a ambas colinas, a pesar de los contraataques republicanos que se intensifican durante la noche del día 1 al 2 de abril.

Durante el día 2 se intensifica el fuego artillero sobre las dos colinas, contestado por los republicanos que cuentan además con varios tanques rusos. Los nacionales inician el asalto a Gardeny en un duro combate con elevadas bajas. Los republicanos se defienden con incesante fuego de ametralladora. Van a la vanguardia el Tabor de Tiradores de Ifni y la 4ª bandera de la Legión. En el ataque se logra conquistar buena parte de la colina, aunque no el castillo, pues las hostilidades se detienen con la caída de la noche. El avance nacional se ve favorecido por las maniobras de infiltración por el camino de Gardeny de algunas unidades, que obligan a un repliegue de los defensores por temor a quedar aislados.

Lo mismo ocurre en "Les Collades". Los movimientos envolventes fuerzan el repliegue republicano, con lo que el asalto resulta menos duro que en jornadas anteriores. Las fuerzas republicanas se retiran hacia la ciudad en este sector. De este modo, los rebeldes se hallan ya a un paso del casco urbano, teniendo bajo control las partidas de Empresseguera y buena parte de Vallcalent. El frente se traslada en este sector ya a las primeras casas de la ciudad.

Durante la noche del 2 al 3 de abril, se produce un fuerte contraataque  republicano en Gardeny con la intención de recuperar el terreno perdido durante la jornada, pero es repelido tras un intenso combate de media hora. También durante la noche, las fuerzas republicanas se ocupan en parapetarse en las primeras casas de la ciudad. Se trabaja intensamente en la calle Academia, donde se improvisan "corredores" entre las casas, tumbando tabiques, para evitar el fuego enemigo. Se colocan minas en la calle Sant Antoni y Plaça Catalunya, y se instala dinamita en los puentes sobre el río. Los defensores reciben la orden de "resistir a toda costa"

El ataque, el día 3 de abril, se produce simultaneamente, a partir de las 12 horas, por varios puntos, quedando desbordadas las defensas republicanas. El grueso de las fuerzas penetra por las calles Academia y Alcalde Costa, y por el camí de la Mariola hasta l'Escorxador y la Rambla d'Aragó.



Tropas de la 46 División defendiendo la ciudad en la calle Alcalde Costa, el día 3 de Abril. Al fondo se ve Gardeny desde donde ataca la 13 División nacional. Esta violenta y dramática imagen, de autor desconocido, es una de las pocas que existen de la batalla.

Por el otro lado, el ataque pretende llegar hasta la Estación de Ferrocarriles, y en el centro, por el camí de Vallcalent, hasta Santa Teresita, Camp de Mart y la carretera de Huesca. Los atacantes consiguen penetrar en la ciudad, y avanzar lentamente hacia el centro, hostigados en todo momento por fuego republicano, procedente de ventanas y esquinas. Las unidades republicanas no consiguen detener el avance por el norte, y los nacionales toman la estación a las 3 de la tarde tras superar una lluvia de balas de las ametralladoras parapetadas en las casas de la ciudad. Por la calle Academia, los defensores retroceden hacia el puente. En este momento, los rebeldes reciben inestimable ayuda artillera, pues dominan las colinas de las afueras de la ciudad y las baterías pueden precisar sus disparos.

La situación de las tropas republicanas es ya desesperada y su defensa desorganizada. Gracias a ello, los nacionales toman rápidamente la Seu Vella, que es casi abandonada por los defensores, ante el temor de quedar aislados.

Al atardecer se establece una fuerte bolsa de resistencia republicana en "El Molí de Gualda", pero la artillería lo destruye, produciéndose un gran incendio. Las tropas republicanas comienzan a cruzar el río Segre hacia el margen izquierdo. En la carretera de Viella, donde se ha combatido durante toda la jornada, los republicanos se repliegan. No existe ya comunicación entre las unidades defensoras que, presionadas, van retrocediendo para cruzar el río. Durante el repliegue, se dificulta el avance enemigo provocando el incendio de algunos edificios del centro de la ciudad. El fuego pasa de unas casas a otras hasta generalizarse en algunos puntos, especialmente en la calle Estererias, donde numerosos edificios quedan arrasados por las llamas.

A las 14 horas, el mando republicano se instala en la Bordeta (al otro lado del río) mientras se organiza en la Banqueta la evacuación de las diezmadas tropas hacia el margen izquierdo del río. Inmediatamente después se vuelan los puentes de la ciudad, a pesar de que todavía hay bolsas de resistencia en la Rambla d'Aragó y en la plaça Berenguer IV, así como en algunas zonas de la huerta. Estas bolsas fueron reducidas, o se disolvieron cuando sus integrantes, conscientes de la situación, cruzaron el río durante la noche.

Desde ese momento, el frente quedará establecido en el río Segre, con los republicanos en el margen izquierdo, y los nacionales en el derecho. Son frecuentes durante los siguientes días los tiroteos de un lado o de otro, así como la esporádica acción de artillería. Se producen escaramuzas durante el día 4 en los alrededores de la estación que terminan con varios muertos republicanos. El frente se estabiliza, a pesar del temor de unos y otros de eventuales contraataques que no llegan nunca a producirse. La situación no se moverá durante 9 agotadores meses, que hacen de la vida en la ciudad, una empresa altamente arriesgada, pues es frecuente la acción de francotiradores durante todo ese periodo, además de puntual fuego artillero.

Con la toma de Lleida, el ejercito nacional avanza ya sin apenas resistencia a lo largo de todo el margen derecho del río Segre tomando las localidades de los alrededores y preparándose para la toma de Balaguer, que será un hecho en los próximos días.

Es imposible conocer con exactitud el número de bajas resultantes de la batalla. Por el bando nacional, una fuente habla de 300 bajas el día 1 de abril, 400 el día 2, y 250 el día 3, haciendo un total de 950, casi un 10% del total de la 13 División. Hay que hacer notar que esta información no menciona las posibles bajas registradas el día 31 de marzo, que pudieron ser cuantiosas, pues tuvieron lugar severos combates. Por parte republicana, no existe ningún parte. Aun así, Lluís Mezquida hace un cálculo de las bajas de la 46 División, apuntando la posibilidad que se perdieran un 40% de sus efectivos, entre muertos, heridos, desertores y prisioneros. De sus tres brigadas mixtas, la 60 fue de largo la más castigada. Dos semanas después de los combates, en un documento militar, se menciona que la División está "para organización con personal recuperado", y se contabilizan los efectivos de sus unidades. Mientras la brigada 101 y la 10 cuentan con más de 2300 hombres cada una, la 60 solo cuenta 505. Esta brigada fue la encargada de defender "Les Collades", donde se produjeron los combates más duros. Sumando los efectivos de las tres brigadas, así como los de las diferentes unidades agregadas, la 46 división contaba dos semanas después de la batalla con unos 6882 soldados. Estos datos, sin embargo deben tomarse con cautela. En cualquier caso se puede asegurar que el numero de muertos y heridos entre ambos bandos fue muy elevado.


A pesar de que la 46 División republicana sería condecorada por esta batalla, su máximo responsable, Valentín González "el campesino", fue severamente amonestado por sus superiores, que llegan a tacharle de cobarde, así como de ceder terreno con demasiada facilidad y no cumplir las ordenes de resistir el ataque hasta las últimas consecuencias.


ESTE ARTÍCULO SE AMPLIA CON UNA SEGUNDA PARTE, PUBLICADA EN ESTE BLOG EL 28 DE AGOSTO DE 2012:
http://permezzo.blogspot.com.es/2012/08/la-batalla-de-lleida-1938-ampliacion.html

miércoles, 30 de marzo de 2011

Nunca me abandones

Estados Unidos, 2010
Dirigida por Mark Romanek

Escrita por Alex Garland, a partir de la novela de Kazuo Ishiguro

Carey Mulligan, Andrew Garfield, Keira Knightley, Charlotte Rampling, Sally Hawkins, Izzy Meikle-Small, Charlie Rowe, Ella Purnell, Nathalie Richard, Andrea Riseborough, Domhnall Gleeson, Oliver Parsons.


A imagen y semejanza
"Yo he visto cosas que vosotros no creeríais: Atacar naves en llamas más allá de Orión. He visto rayos C brillar en la oscuridad cerca de la Puerta de Tannhäuser. Todos esos momentos se perderán... en el tiempo... como lágrimas en la lluvia".

Es una idea muy atractiva para novelistas, guionistas e inventores de historias, el centrarse en seres creados por el hombre, criaturas que deberían ser insustanciales, pero que terminan desarrollando emociones. Tiene un gran potencial para la metáfora y para el drama. El replicante Roy, en "Blade Runner", puede parecer un monstruo, pero sus pensamientos antes de morir tienen una humanidad desgarradora. Los "replicantes" de "Nunca me abandones", no han visto la Puerta de Tannhäuser, no han estado en Orión ni conocen los rayos C, pero han experimentado cosas igual de gordas, como por ejemplo el amor.

La película tiene como acierto hacer un planteamiento de la historia desde el punto de vista de esos seres supuestamente neutros. Eso favorece la omisión de mucha información científica y filosófica, y orienta al espectador hacia la observación de lo que esos seres son y sienten a lo largo de su existencia. El resultado es una película de una amargura permanente en la cual planean nubarrones de cabo a rabo, sin concesión a la más escueta chispa de alegría. Y es que la primera reflexión que puede suscitar esta película, extrapolable a otros ámbitos, es que hace falta un intangible esencial para que la vida tenga sustancia: futuro.

La película se centra en el periplo de esos seres con fecha de caducidad, fabricados para ser sacrificados como ganado. Lo que más sorprende es que con el avance de la historia uno descubre que son seres primarios, incapaces de contestar su destino. Son, sin embargo capaces de soñar, de comprender su cometido vital, de sentir miedo, celos y envidia, de generar su propia identidad. Vamos pues a asistir observar el comportamiento de unos seres enjaulados, conscientes y sumisos. Se puede decir que es una propuesta casi masoquista.
De paso, puede entreleerse un aviso crítico a nuestras sociedades del hiperbienestar, camino de la hiperasepsia: arrasamos con todo para salirnos con la nuestra, hacemos lo que haga falta para protegernos de cualquier mal, incluso convertirnos en desalmados. Es la lucha por la especie, la vertiente más animal del ser humano.

Por lo demás, la película es de parco argumento, los conflictos son menores, son enredos humanos que, bajo la gigantesca sombra de la "culminación" nos muestran el ADN de estos seres. Quizás algunos espectadores echen en falta mayores conflictos, menos contención, más ciencia-ficción, pero lo que se gana por un lado, puede perderse luego por otro. La película es más plana en algunos aspectos argumentales, pero más rica en otros emocionales. Quizá podía haber sacado más partido de una situación que ofrece muchas variables, pero no debe olvidarse que está basada en una reconocida novela, y en cualquier caso, el camino por el que opta, sí lleva a alguna parte, y eso es lo que debe pedirse a una historia.
Como el replicante Roy de "Blade Runner", como los personajes de otra película sobre el tema, "la Isla", los muchachos amargados de "Nunca me abandones", son versiones modernas y sofisticadas de nuestro viejo amigo Frankenstain, ese monstruo que desafió allá por 1818 el poder omniscente de Dios y que demostró a pesar de los remiendos, que habían en él briznas de bondad.

Esta historia nos muestra en definitiva, la esencia contradictoria del ser humano, que crea y para ello destruye, que hace el bien, y para ello debe hacer el mal, que ama y odia, que es capaz de lo más bello y de lo más horrible. Nadie está libre de culpa, ni siquiera los propios "replicantes", fabricados por el hombre a su imagen y semejanza.

lunes, 21 de marzo de 2011

Mi querida señorita

España (1971)
Dirigida por Jaime de Armiñán
Escrita por Jaime de Armiñán y José Luis Borau
José Luis López Vázquez, Julieta Serrano, Antonio Ferrandis, Enrique Ávila, Lola Gaos, Chus Lampreave.
Morbo
¡Qué tiempos aquellos, cuando todo estaba todavía por hacer! Esta historia es de aquellas que está allí a la espera para que alguien la coja, y es tan bueno el argumento, que se escribe solo. Debieron ser grandes años aquellos 70 para los cineastas, cuando poco a poco veían que se ampliaban los márgenes y se abría ante ellos un campo enorme de posibilidades, cuando veían que todas las historias estaban allí, esperando para ser contadas.

Creo que hay que situarse en el contexto para valorar la película en todas sus dimensiones. Hoy se habla de transexualidad cuando se comenta "Mi querida señorita", pero creo que no pensaban en eso Armiñán y Borau cuando la escribieron, todavía quedaba un poco lejos. Lo que tenían entre manos era una idea muy buena, y un argumento lleno de morbo. Algunas fases de esta película recuerdan el sugerente final de "Viridiana", cuando Buñuel, con sutileza, dejaba entrever ideas tan escandalosas que la censura no acertaba a verlas. La historia que aquí nos ocupa se encuentra entre lo más morbosillo que éste que suscribe ha visto en su vida. Y lo más genial de todo es que parte de una premisa que es de lo más recatada. Seguramente eso debió decidir a la censura a darle el visto bueno, en realidad ninguno de los personajes hace nada punible para el franquismo, son rectos seguidores de la decencia, pero son personajes que, como piezas de ajedrez, se ven empujadas a situaciones que aun hoy, resultan chocantes. Y precisamente ese recato, amplifica el morbo y da mayor potencia a la historia "emocional" que aquí se cuenta.

La gran virtud de esta película, lo que hace que no envejezca, es que Armiñán se centra en sus personajes. Por eso resulta tan morbosa hoy como hace 40 años. Por eso la película funciona tan bien. La secreta atracción entre la señorita y su doncella es sutil en extremo, para el espectador es más producto de su morbosa imaginación que de lo que realmente aparece en pantalla. Debíó ser una película incómoda de ver para muchos, que debieron sentir ganas de correr al confesionario en pleno visionado por pensamientos impuros. Un acierto, un recato del guión, que al final juega a su favor. La relación entre las dos "mujeres" es irreprochable, y con el avance de la historia, pasa a ser una relacion verdaderamente emocionante por lo que tiene de auténtica: esta contención permite desatar los acontecimientos en la segunda parte de la película, y hacerlo con una coherencia que escucha mucho más a las emociones (también el espectador), que a los hechos. Cuando eso ocurre, no hay ninguna duda, estás ante una gran película, estás ante un ejercicio de hipnosis. Eso es el cine en definitiva.
El amor del guión por los personajes opera un milagro propio de las buenas películas, de los buenos hipnotizadores: los detalles "técnicos" de la historia no son importantes, pueden obviarse, pueden pasarse por alto. Con una película así, la verosimilitud alcanza altas cotas de maleabilidad y da un amplio margen a su director. ¿Por qué Adela no sabe que es un hombre? ¿Como llegó a ocurrir semejante equívoco? Uno se lo pregunta en algún momento, pero Armiñán y Borau saben que no les hace falta perder tiempo dando explicaciones, el espectador ama a los personajes y quiere saber qué les ocurre. Lo demás es secundario.

El argumento de "Mi querida señorita" es de una simplicidad asombrosa. No tiene que proponérselo demasiado para hacer una crítica a la sociedad española del momento. Lo que ocurre es de sentido común, no hay malos, no existe un enemigo visible. Éste es algo abstracto que todos comprendemos. La película se limita a hacer, muy hábilmente, un retrato social sin estridencias que, visto hoy, resulta entrañable y creíble. La señorita Adela Castro, solterona, respetada en la comunidad, haciendo el saque de honor en un partido de futbol, lo dice todo. Y lo hace "a lo Pirri". Algunos momentos de guión de esta película están a la altura del mismísimo Billy Wilder.

Lo que más interesa a Armiñán y Borau es cómo redefine su vida el personaje, cómo Adela Castro se convierte en Juan Castro. La película es simétrica en este aspecto. Al fin y al cabo, es una película sobre la identidad, sobre el miedo a ejercerla, sobre la libertad que proporciona. Y por encima de todo, es una película sobre el amor, que aunque latente, resulta apabullante, sano, valiente, reconfortante, ...

Esta historia estaba allí para que alguien la cogiera. Por suerte fue alguien que supo sacarle mucho partido. Que supo organizarla con un grado de economía, en un ejercicio de síntesis, que la hace brillante a veces (véase como está contado el cambio de sexo: ruido, salida de un tunel, cruces de vías, llegada a un andén y la espalda de un hombre que camina entre la gente y que ya intuimos quién es), aunque, todo hay que decirlo, pobre otras veces, porque resulta un tanto escueta, parca y de dirección un poco bruta. Como acierto mayúsculo, los actores. López Vázquez emociona de arriba a abajo. Y por supuesto el guión. La frase final es la que merecen las grandes películas como ésta. Otra vez, a la altura de Billy Wilder.

Todas las buenas películas tienen, sumergidos, grandes temas, grandes reflexiones humanas, grandes mensajes, y a la vez ofrecen enganches en superficie para atrapar al espectador. En este caso, el enganche es uno de los más potentes del mundo: el morbo.

viernes, 18 de marzo de 2011

Los amigos de Frankenstein (Tercera parte)

El relato de Percy Shelley es en realidad un escrito bastante caótico que, sin lugar a dudas, no estaba destinado a ser publicado. No tiene calidad literaria, más allá de la natural capacidad que Shelley tenía para relatar, pues se trata solo de apuntes precipitados que su autor escribió como génesis para un relato posterior. Existen contradicciones y no hay una estructura narrativa convencional. No es otra cosa que una suma de ideas escritas en el orden en que se encendían en la mente de Shelley. Sin embargo, leído al completo, la historia queda clara, y solo hace falta un sencillo trabajo de reordenación para que ésta pueda considerarse narrativamente efectiva. Esto es lo que yo he hecho, ordenar la historia. He eliminado también algunos pasajes. He hecho esto únicamente cuando quedaba claro que a la par que escribía, Shelley incorporaba ideas que se contradecían con ideas anteriores, y solo cuando quedaba claro cual era la idea que él tenía previsto que debía prevalecer. Ha sido pues la mía una tarea de depuración, de eliminación de aquello que el propia autor desechaba, aun sin eliminarlo del texto, pues es evidente que sería modificado en una posterior redacción literaria. Entre una cosa y otra, mi objetivo ha sido pulir la historia para que sea coherente de acuerdo con lo que, parece claro, pretendía contar Shelley.

É aquí el cuento que Percy Shelley escribió como contribución a su apuesta. Dejadme solo advertir, como preámbulo, que parte de una premisa similar a la que utilizó Mary Shelley para escribir Frankenstein, devolver la vida a un ser muerto, pues parece confirmado que ese era el tema que el grupo discutía cuando se propusieron escribir sus narraciones. El cuento de Percy, como se verá, aunque terrorífico, tiene, potencialmente, una intención más poética y dramática que el de su esposa Mary. No debe olvidarse que Shelley era poeta. Su cuento, aunque exento de calidad literaria en la fase de redacción en la que lo abandonó, resulta sin embargo impactante, pues, aun tratándose solo de un esquema, la fuerza dramática que evoca, es gigantesca. Ah, se me olvidaba, el título provisional que Shelley escogió para su relato, escrito en su diario, por cierto en la última página, es “Carne muerta”. Así dice:


“Debemos aterrarnos, y conmovernos al mismo tiempo ante la historia del doctor Marcus Percy Fortune, afamado científico caído en desgracia durante los meses de verano del año 1816. Su historia me fue relatada por los lugareños de esta parte de Suiza en la que me encuentro y no he sido capaz de librarme de ella todavía. Dios será quien juzgue los actos de este hombre enloquecido por el amor y por la ciencia que puso sin ningún comedimiento la segunda al servicio del primero, desafiando con ello al creador. Lo que voy a relatar ocurrió en primavera, en la ciudad de … , ribereña del lago Constanza, al este del país. Marcus Fortune tenía allí una vieja casa familiar, situada junto a las aguas calmadas del Constanza y rodeada por un bosque espeso y húmedo, alejada tres quilómetros del centro de la ciudad. Fortune estaba casado con una mujer alemana de belleza perturbadora, una belleza redoblada con su exquisitez y la delicadeza de su temperamento y de su gracia. De su feliz unión nació un muchacho avispado y dulce, a quien llamaron Thomas, tierno como pocos y agraciado naturalmente con la belleza y la exquisitez de su madre.

Fortune era un científico que, aunque joven, gozaba de un gran prestigio entre los de su gremio. Era un destacado investigador de la naturaleza del organismo, de sus partes y de su mecánica práctica. Aunque se doctoró en medicina, su interés se desvió hacia la ciencia forense con el objetivo de averiguar cuanto le fuera posible sobre el funcionamiento del cuerpo y el misterio de la vida. En los últimos meses le fascinaba ya abiertamente una idea que hasta entonces solo había estado presente en su tarea de un modo subyacente. Ocurrió cuando analizando un cadáver, éste, ante sus ojos volvió repentinamente a la vida. El caso tuvo una notable repercusión en la ciudad y dio lugar a numerosas habladurías, aunque el propio Fortune dictaminó que aquel “cadáver” en realidad no era tal, sino que se trataba de un hombre aquejado de una extraña enfermedad que ralentizaba las constantes vitales de su cuerpo y facilitaba la confusión entre la vida y la muerte. A partir de aquel episodio, Fortune desató su interés por la fina línea entre aquello que poseía vida en su interior, y aquello que estaba vacío de ella. Su investigaciones se centraron en tratar de observar aquello que causaba el fin de la vida, que la apagaba, con el objetivo final de descubrir si existía un modo de encenderla otra vez.

Fotune elaboró una teoría según la cual, si un cuerpo muerto era debidamente conservado y se resolvía aquello que le causara la muerte, no había razón para que no pudiera volver a ser activado. La cuestión era averiguar cual era el interruptor para hacer efectiva esa operación. Fortune comenzó a hablar de sus teorías con otros colegas, pero, para su sorpresa, estos las recibieron con pavor, y al poco el joven investigador fue quedando aislado, lo que cambió su carácter y le volvió más huraño. Fortune estaba resentido, pues no podía comprender cual era la razón por la que se recibían con tanto recelo sus ideas, que al fin y al cabo, solo pretendían devolver la vida.

Fortune partía de la base de que el cuerpo se alimentaba a través de la sangre, y lo que enriquecía a ésta era el alimento y el oxígeno. Para “reactivar” un cuerpo muerto y reparado, lo que debía hacer en primer lugar era procurarle alimento y oxigeno, y luego encontrar el modo de que la sangre enriquecida circulara a través de él. Para eso, era necesario que el corazón volviera a bombear sangre. Ahí estaba el verdadero enigma: encontrar una fuente de ignición. A partir de algunos ensayos con corazones de animales, observo que el tejido coronario reaccionaba a algunas sustancias químicas. Con esa base, elaboró un cóctel químico que, a la vez que activaba los tejidos, los protegía de agresiones. En este punto de su investigación estaba en verano de 1816.

El joven científico se llevó a su casa de verano sus investigaciones. En los sótanos tenía mucho espacio para continuar sus experimentos. No salía apenas de la casa, solo durante unas horas por la tarde para estar con su esposa y su hijo, su otra gran pasión. Jugaban en el jardín, junto al lago, y a veces salían a navegar con un pequeño velero. Paralelamente, Fortune estaba ultimando un prototipo de máquina para devolver la vida. Ésta tenía principalmente tres dispositivos: un mecanismo aéreo que proporcionaba oxígeno a los pulmones; un mecanismo alimentario preparado para introducir suero en la sangre; y un último mecanismo que inyectaba su cóctel milagroso directamente al corazón. En la máquina realizó sus primeros ensayos con cerdos, aunque no tuvo éxito, pero estuvo muy cerca de tenerlo. El cóctel químico debía ajustarse, pues resultaba demasiado dañino para la carne humana, llegaba a quemarla. Tuvo que suavizar la fórmula. Tampoco era efectivo el sistema de aplicación del cóctel. Una aplicación continuada del mismo no permitía la relajación del corazón, y por tanto a éste le era imposible bombear sangre. Modificó la máquina para que el suministro químico fuera periódico, a un ritmo parecido al de el latido de un corazón. Eso debía permitir la contracción y la relajación durante unos minutos. A partir de ahí, el propio corazón debía funcionar ya solo y encender todo el cuerpo. Fortune sentía que estaba muy cerca del milagro.

El de 1816 fue un verano ventoso, de lluvias caprichosas e imprevisibles. Una tarde, la mujer de Fortune y su hijo le esperaban para salir a navegar. El pequeño Thomas estaba ansioso por hacerse a la mar con su pequeño velero, pues le había sido imposible durante toda una semana. El día se había aclarado, aunque se apreciaban todavía grandes nubarrones negros por encima de los bosques del norte. Ese día Marcus Fortune no podía atender a nada, pues realizaba ensayos decisivos con su máquina milagrosa. Oyó desde el sótano los gritos de su hijo y de su esposa para que subiera, pero no los atendió. Ellos, conocedores de su tarea, estaban acostumbrados a aquella obsesión. “Nos vamos a navegar” gritaron, a lo que Marcus Fortune respondió sin mayor atención: “De acuerdo”. La tarde fue de gran intensidad para Fortune. Por dos veces logró que el corazón de un cerdo volviera a latir. La primera vez duró dos minutos. La segunda catorce, y la mitad de ellos, lo hizo autónomamente. Tenía algunos problemas para enriquecer la sangre, motivo por el cual, el cerebro y el resto de órganos vitales no recibían las cantidades adecuadas de oxigeno y de alimento. Eso terminaba por parar otra vez el corazón. Sus cálculos estaban muy cerca de perfeccionarse. Necesitaba solo un poco más de ignición para que el global del cuerpo se pusiera en marcha, pues no bastaba con el bombeo, hacía falta luego accionar la mecánica general del cuerpo, es decir, que este activara todos sus órganos, como una orquesta que arropa a su solista. Creía haber encontrado el modo de hacerlo inyectando unas gotas del cóctel químico al propio cerebro, aunque no sabía todavía la dosis adecuada. En eso estaba cuando se dio cuenta de que no solo de su ansiedad procedían los latigazos que escuchaba en su interior. También venían de afuera. Efectivamente, se había desatado una tormenta y los rayos y los truenos descargaban de un modo ensordecedor. Fortune recordó entonces que su esposa y su hijo habían anunciado que salían a navegar.

Cuando Fortune salió desesperado al jardín, vio en el lago el velero. En él su esposa y su hijo luchaban por mantener la estabilidad del barquito, pero poco podían hacer, de poco servía su belleza ante la fuerza de los elementos. Una olas repentinamente salvajes terminaron por derrotarles y dieron un vuelco cruel al barquito, que parecía de juguete. Fortune se lanzó al agua enloquecido, buscando en la negrura helada a sus seres más amados. Primero encontró a su hijo Thomas. Apenas respiraba, pero mantenía un aliento de vida. Corrió al lago otra vez y sacó a su esposa. Los llevó a ambos a la casa. Ante sus ojos desquiciados, vio como a ambos se les escapaba la vida, vio como sus cuerpos se apagaban. Y quedaron inertes sobre sus camas, convertidos solamente en carne muerta. Marcus estuvo cerca de enloquecer, pero en un resquicio de luz, se dio cuenta que tenía un remedio a la tragedia, puede que fuera el único del mundo que lo tenía. No había tiempo que perder. Solo habían transcurrido unos minutos desde que fallecieran, y su cerebro quedaría irremediablemente dañado si no se le alimentaba inmediatamente. Situó a ambos en su mesa de operaciones, en el sótano, y les inyectó alimento directamente al cerebro. Había averiguado que era el mejor modo de conservar el cuerpo en buen estado. Eso le daba tiempo. Preparó la máquina. Insertó los catéteres en sus cuerpos, y ultimó los preparativos de las dosis de cóctel que tenía que aplicar a cada uno. No quería cometer errores. Probaría también por primera vez la inyección del cóctel directamente al cerebro. Tenía miedo, pero no había alternativa. Puso en marcha la máquina, abrió las espitas que precipitaron los líquidos a ambos cuerpos. Unos tubos entraban por sus brazos, otro entraba en sus corazones, otro penetraba por sus bocas hasta sus estómagos, y dos tubos más penetraban en sus cerebros. Se requería un gran orden y precisión en la secuencia de operaciones. Marcus no daba a abasto. Le daba a un botón y accionaba luego una palanca. Corría para corregir una válvula y rodeaba los cuerpos para cerrar una espita en los drenajes laterales. El experimento duró siete horas.

Los relámpagos despiertan a Marcus Fortune quien, agotado, se ha dormido grotescamente sobre su máquina milagrosa. Cuando despierta no sabe dónde está, ni qué ha ocurrido.

miércoles, 2 de marzo de 2011

Los amigos de Frankenstein (Segunda parte)

El librero suizo se llamaba Hans. En su carta, un poco caótica, relataba que había puesto el supuesto libro de Percy Shelley en manos de expertos de la Universidad de Ginebra, con el fin de que hubiera un reconocimiento oficial del hallazgo que le permitiera darle publicidad. La cosa no fue tan fácil. En el departamento de literatura del la Universidad le informaron que hacía falta llevar a cabo una investigación muy rigurosa, lo que llevaría unos cuantos meses de trabajo, puede que años. Hans no tuvo más remedio que aceptar.

La investigación duró seis meses, menos de lo esperado. Pero esa brevedad no iba a traer buenas noticias para el viejo librero. Fue convocado a Ginebra y se le explicó que el libro no tenía valor alguno, que numerosos detalles confirmaban que no había sido de ninguna manera escrito por Percy Shelley. La base de la afirmación radicaba en que el viaje de Shelley por Suiza y Francia en 1816 estaba ampliamente documentado, y dicha información no encajaba en fechas y lugares con el itinerario que establecía el diario encontrado. Eso era una prueba casi definitiva para el equipo que había llevado la investigación, ya que cualquier otra interpretación supondría que buena parte de la información que se tenía de los sucesos de aquel verano, globalmente aceptada en el ámbito científico, quedaría en entredicho y debería ser revisada. Una opción que no se contemplaba.

El equipo de investigadores concluyó además que la letra del manuscrito no era la de Shelley. En este caso afirmaban que era "improbable" dicha autoría, aunque no podían asegurarlo por completo. Cuando Hans insistió se le dijo que, ciertamente, existía un parecido razonable entre una escritura y la otra, pero eso, dijeron, no era suficiente. Aunque no se podía afirmar que no lo era, tampoco se podía afirmar que sí. Esa situación, a nivel científico, daba poco valor al objeto, prácticamente lo anulaba como elemento probatorio.

Hans explicaba en su carta que había otros elementos tangenciales que desacreditaban la autenticidad del diario, aunque no los mencionaba. También expresaba sus dudas respecto al dictamen científico. En su opinión los argumentos del comité científico eran plenamente rebatibles. Pero decía que no tenía ya fuerzas para emprender una cruzada en pos de su reconocimiento internacional. Poco le importaba, decía. Después de toda una vida dedicado al coleccionismo de libros, por fin, al final de sus días, había hallado un ejemplar único, una pieza verdaderamente extraordinaria. Y con eso alcanzaba su plenitud. Saberse poseedor de este libro histórico le bastaba. Él no tenía dudas. Tenía la certeza de que en el futuro, algún día, alguien daría pertinente reconocimiento al diario. Me daba las gracias y se despedía calurosamente.

La carta me dejó profundamente insatisfecho. Como a Hans, poco me importaba si el diario obtenía o no reconocimiento científico. Yo tampoco tenía dudas respecto a su autoría. Mi insatisfacción procedía de otra parte. ¿Acaso Hans no se daba cuenta? Le escribí una carta acalorada e impetuosa. Verano de 1816, Mary Shelley, Percy Shelley, Lord Byron. Suiza. Días de lluvia y mal tiempo. Noches junto al fuego leyendo narraciones de fantasmas. Una apuesta. Tres historias de terror. El mundo conocía una de ellas, Frankenstein. Yo tenía ahora la extraordinaria oportunidad de conocer la segunda, o al menos un esbozo de la misma. "Hans", le escribí, "querido Hans, por el amor de Dios, no puede dejarme así, tenga piedad de mí y hágame partícipe del cuento de terror que Percy Shelley inventó aquellos días ya lejanos. No guarde solo para usted esta espantosa fábula nacida a la par que Frankenstein en aquellos fascinantes días de verano de 1816".

Tres semanas más tarde recibí otra carta de Hans. En ella no me decía nada, no me escribía ni una sola palabra. En el interior del sobre había únicamente las fotocopias de treinta páginas del diario manuscrito, el relato entero de Percy Shelley, de su puño y letra.

miércoles, 23 de febrero de 2011

Permezzo i Permezza

Permezza
Retratada l'any 2003 pel pintor Gabriel Pérez Bolaño


Permezzo
Retratat l'any 2003 pel pintor Gabriel Pérez Bolaño




Los amigos de Frankenstein (Primera parte)

Mary Shelley relata en el prefacio de su inmortal novela "Frankenstein" las circunstancias a partir de las cuales inició su redacción. Estando de visita en Suiza, con su esposo el Sr. Shelley y con un reconocido amigo, Lord Byron, se vieron sorprendidos por el mal tiempo que no les permitía emprender visitas por la zona, como tenían planeado. Encerrados en la casa donde se alojaban, junto a un lago, cerca de Ginebra, pasaban el tiempo conversando y leyendo antiguos libros de terror alemanes. La situación les llevó una noche a proponerse un reto: escribir cada uno de ellos un relato terrorífico que tuviera lo sobrenatural como tema. Mary Shelley ideó una de esas noches el inicio de "Frankenstein", ella misma cuenta que a partir de un sueño.



Sus dos compañeros, sin embargo, dejaron su tarea a medias, pues mejoró el tiempo y prefirieron ocuparlo al aire libre. De los tres proyectos de novela, solo el de Mary Shelley llegó a terminarse y a publicarse.

Hace solo unos meses, durante un viaje por Suiza, me hallaba de paso en un pequeño pueblo cuyo nombre no recuerdo. Nos detuvimos porque el lugar nos pareció gracioso y agradable. Llegamos sobre las 11 de la mañana, y hacíamos tiempo antes de comer para reemprender la marcha a media tarde. Mientras mis compañeros de viaje se metían en un bar para tomar un aperitivo, yo me dejé seducir por una pequeña tienda de libros antiguos que tenía un aspecto sucio y pintoresco. No estaba muy claro si la tienda estaba o no abierta al público, pues el polvo que había en los cristales sería inaceptable para cualquier comerciante mínimamente competente. Sin embargo la puerta estaba abierta, y en su interior, además de cientos de libros y un dedo de polvo por doquier, había un hombre de avanzada edad, sentado en una sillita y ojeando un libro. Me dio la bienvenida en francés y me invitó a curiosear.



Mi dominio del francés es bastante limitado, pero alcanza para hacerme entender y para enterarme de la esencia de lo que se me dice. Llevaba media hora en la tienda cuando el anciano me llamó. Quería enseñarme un libro que tenía entre las manos. No era un libro editado, sino una libreta manuscrita, una especie de diario de aspecto antiquísimo, castigado por el tiempo. El hombre me informó de que acababa de recibir una caja llena de libracos más viejos que antiguos, más sucios que añejos, procedente de una casa del pueblo. La señora de la casa, una mujer de más de 90 años, según dijo, había muerto recientemente y sus herederos habían empaquetado sus libros y se los habían quitado de encima vendiéndolos al librero por unos pocos francos suizos. Se trataba de viejas ediciones alemanas y suizas de clásicos alemanes, franceses e ingleses. Algunas eran ediciones interesantes, pero ninguna de ellas era nada del otro mundo. En el fondo del cajón, el librero acababa de encontrar aquel pequeño diario manuscrito que ahora tenía entre manos. Pero resultaba que estaba escrito en inglés, una lengua que el viejo no conocía. La letra, además, era casi un jeroglífico de ardua lectura. Por esa razón me reclamó, con la esperanza de que pudiera darle alguna información sobre el librillo que le permitiera catalogarlo y ponerle precio, o quizás lanzarlo simplemente a la basura.



Pocas veces me ha recorrido el espinazo una sensación de excitación tan intensa como ese día, en ese momento, cuando tras unos segundos de inspeccionar aquel diario pude comprobar que aparecía una y otra vez una firma al final de cada artículo. No me costó reconocer en ella la palabra Shelley. También identifiqué diversas fechas del año 1816, así como algunas ubicaciones como Ginebra y Chamonix. Mi reacción fue tan evidente y transparente que el viejo librero se puso de inmediato en pie y recuperó de un zarpazo el libro.

Llamé por teléfono a mis compañeros de viaje para decirles que se fueran sin mí a comer. Me ofrecí al librero a hacerle de interprete y ayudante en las primeras averiguaciones, a lo cual accedió. Me temblaban las manos cuando abrí la cubierta y empecé a leer la primera página del manuscrito, pero me temblaron más cuando descubrimos que el librillo, efectivamente, estaba escrito de su puño y letra por Percy Bysshe Shelley, el poeta romántico inglés esposo de Mary Shelley, durante los meses de verano de 1816. Lo que tenía en las manos era el diario de aquel verano, del verano en que Mary Shelley dio vida a Frankenstein. El valor de aquel librillo, de confirmarse nuestras suposiciones, era incalculable. Pero eso no era todo.

Me pareció que le daba un infarto al viejecillo, y que también me daba a mí, cuando descubrimos que en aquel librillo Percy Bysshe Shelley había escrito a lo largo de los últimos días de mayo y los primeros de junio, el esbozo de un argumento para un relato de terror. El viejo y yo nos dimos cuenta de que teníamos en las manos la segunda de las historias que surgieron de aquel reto nocturno entre tres amigos atrapados por la lluvia. Percy Shelley no había llegado a desarrollar su argumento, pero parecía que acabábamos de descubrir que había hecho parte de sus deberes.

Yo me mostré dispuesto a leer y traducir el relato, que ocupaba unas 30 páginas del cuaderno. No importaba el tiempo que llevara. Sin embargo, el viejo librero, que había palidecido y que mostraba síntomas de estar al borde de un colapso, rescato el diario, lo guardó en su escritorio, regresó hasta mí y tras darme las gracias, me rogó que me marchara. Mis protestas no sirvieron de nada. Lo más que conseguí fue arrancarle la promesa de que me escribiría una carta (el hombre no sabía lo que era un ordenador), explicándome sus posteriores investigaciones y la esencia de aquel esbozo de relato de terror.

No olvidé esta peripecia, y aunque pasaban los meses, cada mañana seguía buscando en el buzón alguna carta llegada desde Suiza. Nunca hablé de ello con nadie.

Hace aproximadamente tres meses, casi un año después de aquel episodio, la carta llegó.