lunes, 21 de marzo de 2011

Mi querida señorita

España (1971)
Dirigida por Jaime de Armiñán
Escrita por Jaime de Armiñán y José Luis Borau
José Luis López Vázquez, Julieta Serrano, Antonio Ferrandis, Enrique Ávila, Lola Gaos, Chus Lampreave.
Morbo
¡Qué tiempos aquellos, cuando todo estaba todavía por hacer! Esta historia es de aquellas que está allí a la espera para que alguien la coja, y es tan bueno el argumento, que se escribe solo. Debieron ser grandes años aquellos 70 para los cineastas, cuando poco a poco veían que se ampliaban los márgenes y se abría ante ellos un campo enorme de posibilidades, cuando veían que todas las historias estaban allí, esperando para ser contadas.

Creo que hay que situarse en el contexto para valorar la película en todas sus dimensiones. Hoy se habla de transexualidad cuando se comenta "Mi querida señorita", pero creo que no pensaban en eso Armiñán y Borau cuando la escribieron, todavía quedaba un poco lejos. Lo que tenían entre manos era una idea muy buena, y un argumento lleno de morbo. Algunas fases de esta película recuerdan el sugerente final de "Viridiana", cuando Buñuel, con sutileza, dejaba entrever ideas tan escandalosas que la censura no acertaba a verlas. La historia que aquí nos ocupa se encuentra entre lo más morbosillo que éste que suscribe ha visto en su vida. Y lo más genial de todo es que parte de una premisa que es de lo más recatada. Seguramente eso debió decidir a la censura a darle el visto bueno, en realidad ninguno de los personajes hace nada punible para el franquismo, son rectos seguidores de la decencia, pero son personajes que, como piezas de ajedrez, se ven empujadas a situaciones que aun hoy, resultan chocantes. Y precisamente ese recato, amplifica el morbo y da mayor potencia a la historia "emocional" que aquí se cuenta.

La gran virtud de esta película, lo que hace que no envejezca, es que Armiñán se centra en sus personajes. Por eso resulta tan morbosa hoy como hace 40 años. Por eso la película funciona tan bien. La secreta atracción entre la señorita y su doncella es sutil en extremo, para el espectador es más producto de su morbosa imaginación que de lo que realmente aparece en pantalla. Debíó ser una película incómoda de ver para muchos, que debieron sentir ganas de correr al confesionario en pleno visionado por pensamientos impuros. Un acierto, un recato del guión, que al final juega a su favor. La relación entre las dos "mujeres" es irreprochable, y con el avance de la historia, pasa a ser una relacion verdaderamente emocionante por lo que tiene de auténtica: esta contención permite desatar los acontecimientos en la segunda parte de la película, y hacerlo con una coherencia que escucha mucho más a las emociones (también el espectador), que a los hechos. Cuando eso ocurre, no hay ninguna duda, estás ante una gran película, estás ante un ejercicio de hipnosis. Eso es el cine en definitiva.
El amor del guión por los personajes opera un milagro propio de las buenas películas, de los buenos hipnotizadores: los detalles "técnicos" de la historia no son importantes, pueden obviarse, pueden pasarse por alto. Con una película así, la verosimilitud alcanza altas cotas de maleabilidad y da un amplio margen a su director. ¿Por qué Adela no sabe que es un hombre? ¿Como llegó a ocurrir semejante equívoco? Uno se lo pregunta en algún momento, pero Armiñán y Borau saben que no les hace falta perder tiempo dando explicaciones, el espectador ama a los personajes y quiere saber qué les ocurre. Lo demás es secundario.

El argumento de "Mi querida señorita" es de una simplicidad asombrosa. No tiene que proponérselo demasiado para hacer una crítica a la sociedad española del momento. Lo que ocurre es de sentido común, no hay malos, no existe un enemigo visible. Éste es algo abstracto que todos comprendemos. La película se limita a hacer, muy hábilmente, un retrato social sin estridencias que, visto hoy, resulta entrañable y creíble. La señorita Adela Castro, solterona, respetada en la comunidad, haciendo el saque de honor en un partido de futbol, lo dice todo. Y lo hace "a lo Pirri". Algunos momentos de guión de esta película están a la altura del mismísimo Billy Wilder.

Lo que más interesa a Armiñán y Borau es cómo redefine su vida el personaje, cómo Adela Castro se convierte en Juan Castro. La película es simétrica en este aspecto. Al fin y al cabo, es una película sobre la identidad, sobre el miedo a ejercerla, sobre la libertad que proporciona. Y por encima de todo, es una película sobre el amor, que aunque latente, resulta apabullante, sano, valiente, reconfortante, ...

Esta historia estaba allí para que alguien la cogiera. Por suerte fue alguien que supo sacarle mucho partido. Que supo organizarla con un grado de economía, en un ejercicio de síntesis, que la hace brillante a veces (véase como está contado el cambio de sexo: ruido, salida de un tunel, cruces de vías, llegada a un andén y la espalda de un hombre que camina entre la gente y que ya intuimos quién es), aunque, todo hay que decirlo, pobre otras veces, porque resulta un tanto escueta, parca y de dirección un poco bruta. Como acierto mayúsculo, los actores. López Vázquez emociona de arriba a abajo. Y por supuesto el guión. La frase final es la que merecen las grandes películas como ésta. Otra vez, a la altura de Billy Wilder.

Todas las buenas películas tienen, sumergidos, grandes temas, grandes reflexiones humanas, grandes mensajes, y a la vez ofrecen enganches en superficie para atrapar al espectador. En este caso, el enganche es uno de los más potentes del mundo: el morbo.

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