viernes, 11 de enero de 2013

La Dictadura Perfecta

Vivimos un periodo oscuro, negro como el azabache puro. Un regreso a las tinieblas que se ampara en todo aquello que creemos sagrado. Paso a paso, palmo a palmo, retrocedemos en el tiempo en una involución a la que, por formar parte de ella, no vemos, como ciegos encerrados en una habitación oscura.

La democracia es la esencia de aquello en que creemos políticamente. Es el bien, es el bienestar, es el estado de derecho, es aquello que somete a aquellos a los que escogemos en una votación, al mandato de la ley. Los políticos nos han hecho creer que votar es la democracia. Lo demás ya no importa, está más allá de nuestra responsabilidad. El pueblo está para poner una papeleta en una urna, y para volver a casa, a ver el fútbol los domingos.

Es una cuestión de pedagogía. En realidad, el voto es una pequeña parte de la democracia, aunque se nos haga creer que lo es todo, pero ciertamente es un gesto detonante de grandísimas consecuencias. La democracia es la separación de poderes, lo que significa en palabras sencillas, que nadie puede escapar a la justicia. La democracia es el sometimiento del estado y todo su poder a algo supremo que nos gobierna a todos y que se llama LEY. La democracia es trasladar a la ley la voluntad del pueblo. La democracia es el control, por parte de todos, de aquello que hacen los que obtienen el poder. Y el pequeño gesto de meter un voto en una urna, detona todo eso.

El poder es un mal necesario. No puede gobernarse un país con asambleas de 40 millones de personas. Por esa razón trasladamos el poder - que en esencia reside en el pueblo - a aquellos que nos gobiernan con el favor de nuestros votos. Todo lo demás, todo el aparato que rodea a un estado, está fabricado para mantener a flote esa idea esencial de que somos todos los que llevamos las riendas de las decisiones que se toman y que nos afectan a todos.

Desde que existe la democracia, esa idea esencial ha sido vilmente ametrallada, hasta convertirse en un coladero que ratifica sin paliativos lo ya dicho de que el poder es un mal necesario. Es un mal gigante, porque se aleja del pueblo hasta distancias inalcanzables, pero sigue siendo necesario porque no existe otro modo de gobernar una comunidad. El única arma que nos queda es la justicia, confiar en que llegue a allí donde el pueblo no puede llegar. A veces funciona, otras no.

En base a los términos expuestos, en España tenemos una democracia de poca calidad, ciertamente, el estado y el pueblo viven en órbitas alejadas, la política, venga del lado del que venga, trata de manipular sin piedad alguna al pueblo, y una vez en el poder, trata de ganarse cuotas de mayor poder infiltrándose en todo aquello que puede darle continuidad, trata de legislar llevando al límite aquello que vendió gratuitamente en su momento, y en los últimos tiempos, supera sus promesas sin ningún pudor, con un descaro bochornoso, derivando hacia políticas caciquiles, porque el político es vanidoso y narcisista por naturaleza, y tiene la convicción genuina de que nadie puede guiar al pueblo mejor que él, aparte de enriquecerse a su costa, claro está, lo cual cree que merece. La calidad de aquellos que toman decisiones por nosotros es, en este país, vergonzantemente mala. Lo vemos cada día, y el grado de corrupción en el que se sumergen, resulta indignate.

La justicia es ese garante de la democracia que debe estar alerta ante los abusos. Su funcionamiento es lento, a veces equívoco, a veces parcial, a veces es la viva imagen de la desorientación. Si el aparato de la justicia falla, un estado de derecho se hunde sin remedio. Es un pilar básico. Es lo que diferencia a los estados del bienestar de los estados en vías de desarrollo, cuya economía empieza a florecer, pero que no son capaces de someter al estado y a todo su aparato al mandato de la ley.

En España la separación de poderes está relativamente afianzada. El sometimiento del estado a la ley y a la justicia, hasta cierto punto, supera los mínimos exigibles en un estado de derecho. Existen esferas de impunidad, quizás allá donde más le duele al pueblo, pero los ciudadanos de a pie, sentimos que vivimos en un contexto de relativa seguridad jurídica.

Y empezamos el círculo otra vez. Votamos, cedemos el poder a unos pocos para que tomen decisiones por nosotros, vemos fútbol los domingos, nos cabrean los políticos que nos manipulan, aplaudimos a aquellos jueces que tienen agallas de atrapar a los corruptos, dormimos, nos quedamos en el paro, vemos fútbol, y votamos otra vez. El círculo avanza y da vueltas una y otra vez.

Así ha sido durante mucho tiempo en los países de larga tradición democrática, y así a sido en España desde hace unas pocas décadas. ¿Hay un sistema mejor? Nadie lo ha encontrado. Seguimos confiando en aquellos en los que delegamos el poder, y seguimos confiando en aquellos que deben supervisarlo, para que las manzanas podridas acaben en la basura. El sistema no está tan mal. Y visto en perspectiva, resulta que el voto, a fin de cuentas, es un acto verdaderamente importante.

A falta de un método mejor, de poco podemos quejarnos. Se trata de agarrarnos a la noria, y seguir dando vueltas, hacia un lado o hacia el otro, según decidamos con nuestro voto.

Ahora, sin embargo, la noria ha entrado en un túnel. Se llama EUROPA.

Europa, paladín de la democracia, caballero flamante del bienestar, estandarte de las libertades y de la democracia... La mayor falacia que se nos ha vendido en los últimos tiempos. La Europa política que se nos ha impuesto es en realidad la mayor involución democrática que ha existido desde que el sistema se afianzó. Y no se trata de euroescepticismo, se trata de pura observación científica.

La democracia, en los estados de derecho, obliga al pueblo a ceder el poder. La democracia europea, obliga a los pueblos a ceder el poder a unos tipos que ceden a su vez el poder a otros tipos para que gobiernen un continente. La esencia de la democracia llevada a un límite insostenible. Durante años, hemos tenido una idea tan positiva de Europa, favorecida por una manipulación global, que hemos creído a ciegas en las bondades del aparato europeo, en un aparato cuya legitimidad democrática, en realidad, se sostiene en un hilo finísimo. Nos daba igual, porque la incidencia de sus decisiones en nuestra vida cotidiana, era menor. Europa era sinónimo de modernidad, de bienestar, de una sociedad política y socialmente avanzada. Era una etiqueta que suponía una garantía de libertad y de perfección social y política. La palabra Europa, sin embargo, empieza a tener otras connotaciones, lo cual nos ha llevado a echarle otra ojeada a esa etiqueta.

Hoy Europa gobierna nuestras vidas hasta límites insospechados. Marca nuestra política económica. Toma decisiones respecto al modelo agrícola. Impone las bases del sistema judicial. Establece criterios financieros implacables y fuerza a los estados ha configurar un determinado perfil social. En este momento, Europa se halla sometida a criterios económicos ultraliberales que influyen en todos sus mandantos, con lo que el modelo social que se está fabricando desde Bruselas, obedece a un omniscente criterio ultracapitalista que lleva a someter todos los ámbitos de la vida a las reglas del mercado.

Lo grave de todo ello no es esa tendencia ultraliberal escogida por los europeistas que gobiernan este maltrecho continente, sino que lo grave es que el pueblo, NO PUEDE CAMBIARLO. Ese poder que el pueblo sí posee en sus estados, llamado voto, no lo tiene en Europa. Ellos deciden por nosotros, pero nosotros no les hemos escogido, y lo que es más grave, no podemos echarles. Desde nuestros hogares, nada podemos hacer. Y ello ha tomado una dimensión dramática cuando nos hemos dado cuenta de que desde Europa se legisla de verdad. Lo que allí se decide, nos repercute directamente. Hemos perdido definitivamente el poder, con lo que la democracia desaparece como un perfume en el aire.

La Unión Europea se gestó a partir de elevados ideales, se construyó guiada por un sueño basado en bondades políticas y se apuntaló con una idea esencial de democracia y bienestar. No puede hallarse culpa en nada de ello. No hay nadie a quien echar en cara reproches. La realidad, sin embargo, ha resultado ser aterradora: nos gobiernan unos poderes no legitimados por el pueblo. Nos afectan directamente leyes elaboradas por políticos en los que no hemos delegado el poder. Se nos dice que lo han delegado aquellos en quienes lo hemos delegado nosotros, y ahí está la gran mentira, ahí, la esencia de la democracia, se esfuma.

Emular con una Unión Europea a los Estados Unidos de América, es una idea puramente política que el pueblo no puede compartir de ningún modo, no hasta que la Unión Europea sea una verdadera democracia, lo cual, por razones históricas, se me antoja imposible. En Estados Unidos se exterminó toda cultura anterior para imponer una nueva y uniforme. En Europa esa uniformidad no existe, ni debería existir.

Hoy vivimos en las tinieblas de una dictadura, la dictadura Europea, dominada ahora por el capital, con el agravante de que nos hemos creído la mentira de que nuestro sistema es un ejemplo de democracia. Me pregunto que poder tienen hoy los griegos, los italianos, los portugueses, los españoles para decidir sobre su propio destino. Maniatados estamos, sin derecho siquiera a ese precario gesto esencial, insuperable e insuperado, magnánimo y gigantesco que es poner una papeleta en una urna.

La Europa bondadosa que nos han vendido, aun en el caso de que tenga buenas intenciones, es hoy un sistema político que por su trascendencia social y su inaccesibilidad política, es, de facto, una dictadura, una rara dictadura, tan bien vendida al ciudadano, que este ni siquiera es capaz de disentir, de oponerse o de revelarse contra ella. Los medios de comunicación, la libertad de expresión, se expresa unánimemente en su favor. Es la dictadura perfecta, la que no tiene opositores, en la que todos creen, y aquellos pocos locos que se alzan contra ella son reprimidos con una arma mucho mas eficaz que la tortura, la muerte o la cárcel: la indiferencia. Porque todos, sin saberlo, somos cómplices de esa dictadura.

El futuro es verdaderamente oscuro. Dragui, Junker, Barroso, Merkel... nombres para la historia. Ejecutores de la dictadura perfecta, creada en silencio y sin quererlo, como por accidente. Es un futuro oscuro para griegos, italianos, españoles, franceses, millones de seres para cuyo bienestar se fabricó esta dictadura, y a los cuales no ha dudado en sacrificar para mantener sus mecanismos y entresijos intactos, traicionando su propia esencia y la misma esencia de la democracia. Y lo ha hecho tan bien, que aún hoy, nadie es consciente de la verdadera cara del monstruo. Ni siquiera quienes lo manejan, porque es un monstruo creado a sí mismo.

A los catalanes, a los escoceses, tal vez también a los corsos, nos queda una minúscula esperanza. Puede que Cataluña se separe de España algún día. Y puede que en ese proceso, nos echen de Europa, y que se nos caiga la benda de los ojos y nos demos cuenta de que podemos huir de esa dictadura para volver a guiar nuestro propio destino, pactando con el diablo si hace falta, pero sin someternos a él.

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